original.gifProbablemente el lector habrá llegado a este texto gracias a alguna recomendación o algún link en alguna red social. A tenor de los datos que me suministra este blog, lo más probable es que haya accedido al texto vía Facebook o Twitter. Nada extraño en este comportamiento!. En cada segundo se comparte una cantidad tal de información en esas redes sociales, que para ordenarla y para maximizar ese flujo, las grandes corporaciones que están detrás de estas redes componen y aplican un algoritmo informático. En definitiva lo que esos grandes agregadores como Facebook o Twitter quieren es que la gente comparta contenidos, reaccione a los mismos y permanezca conectados en la red. ¿Cómo hacerlo? Muy sencillo: aportando al miembro de la red social la información que exactamente espera obtener. Y eso es lo que hace el algoritmo famoso.

Pues bien, en Facebook acaba de suceder un terremoto, poco visible para sus más de 2.000 millones de usuarios, pero con consecuencias todavía impredecibles para los generadores de contenidos, particularmente los medios digitales. En un día como el 29 de junio, día de San Pedro, Facebook ha decidido cambiar su algoritmo de manera que priorizará la información que compartan amigos y familiares (en detrimento de, por ejemplo, los perfiles de marcas, instituciones y medios de comunicación). Es como si San Pedro se hubiera escondido una de sus llaves en la taleguilla y hubiese puesto más difícil el acceso a los cielos.

Esta decisión puede arrastrar un descenso en el tráfico de multitud de sitios de internet que dependen del flujo de visitas que les llega desde Facebook. Especialmente doloroso puede ser para periódicos digitales, donde el descenso de un 1, 2 o 10% de visitas se puede traducir en un descenso de la publicidad y en un reordenamiento de los contenidos. Cuando menos!

Y parece que la argumentación que dan desde Facebook es muy sencilla: dar a los usuarios exactamente lo que los usuarios quieren. Decía Adam Mosseri, vicepresidente de gestión de contenidos de Facebook: “el objetivo de nuestro muro es mostrar a la gente las historias más relevantes para ellos”.

 

Un problema sin resolver

Los medios impresos, la edición de libros y discos, todas aquellas industrias culturales fundamentadas en la reproducción de contenidos en soportes distribuibles en el mercado, se quejaban hace no tanto tiempo de la problemática de la distribución. Era fácil editar e imprimir una revista, lo difícil era venderla en los quioscos ya que había que pelearse por el poco espacio visible a los posibles compradores. Y lo mismo los discos y los libros: había que garantizarse no solo estar presente en la tienda, sino disponer de estanterías enteras para conseguir así vender más. El éxito de un producto dependía mucho de unas distribuidoras que a su vez se habían ido agregando para controlar una parte cada vez más grande del mercado, o del pastel, si se quiere ver así. Un ejemplo clásico de las economías de escala.

Y sin embargo, años puestos de por tierra de aquellos tiempos analógicos y estos otros nuevos llamados digitales, parece que el problema es el mismo: nuestros mimados contenidos dependen de los nuevos distribuidores, de tan solo unos pocos agregadores de contenidos en internet. Y para colmo, y así comprenderán mejor la dimensión de la paradoja, esos grandes agregadores cambian una fórmula matemática en algún rincón de California y cambian de un plumazo la distribución de renta de miles de personas alrededor del globo.

Las lecturas de este hecho pueden ser muchas, desde industriales o tecnológicas hasta geopolíticas o psico-sociales. Pero las consecuencias son siempre las mismas. Como sucedía en la economía analógica, lo que se produce es un empobrecimiento de la diversidad. La tiranía del like es un capricho de envergadura casi imperial. Con nuestro dedo hacia arriba o hacia abajo, cuando marcamos una noticia, no solo expresamos nuestros gustos o fobias, sino que condenamos sin quererlo a la oscuridad del desván digital a infinitos contenidos que dejan de ser visibles. Ahora, tras este cambio, todavía de manera más evidente.

 

Mientras tanto, seguiremos en nuestra celebración de la vida, seguiremos dando likes y poniendo comentarios a las fotos de nuestros amigos. Haremos que nuestro mundo, o al menos el que se genera a partir de Facebook, sea cada vez más un entorno hermoso y perfecto, un “Pleasantville” lleno de amigos y familiares, de gatitos y fotos anodinas con significado especial. A nosotros lo único que nos importa es estar y sentirnos bien con los otros, con los más allegados. El problema, ese viejo problema de la distribución de la información y de la cultura, seguirá aplazado y sin resolver. Y no hablemos de los medios de comunicación nuevos, esos que respiraban aliviados porque no tenían que poner la rotativa a funcionar cada madrugada sino tan solo garantizar las nóminas y los cheques de las becarias. Esos medios, acaban de sentir un terremoto de magnitud 7 u 8 bajo sus pies.

Tantas alforjas para este camino, dirían mis analógicos abuelos.

 

–La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear, porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

–¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.

–Aquellos que allí ves –respondió su amo– de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

–Mire vuestra merced –respondió Sancho– que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

–Bien parece –respondió don Quijote– que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

 

El ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha. Primera parte. Capítulo VII. Miguel de Cervantes

 

 

quijote-Dore Hacer balance de este año de gestión de las nuevas mayorías de izquierdas arremolinadas alrededor de Podemos se convierte en una discusión estéril. O estás a favor o estás en contra, pero eso sí, estés donde estés, has de estarlo visceralmente. Como enfadado.

 

Publicaba Jaron Rowan este texto en el que hacía un balance victimista del pasaje de estas nuevas fuerzas políticas por algunos ayuntamientos. Y aunque se centra únicamente en Madrid y Barcelona, lamenta que pese a la osadía y la valentía de los proyectos políticos originales, éstos han ido amilanándose hasta la cautela y el miedo.

Un desgaste que, argumenta Jaron, tiene que ver con unas cruentas guerras culturales que han doblegado el carácter e ímpetu renovador original.

Este diagnóstico es ampliamente compartido por las bases que sostuvieron y todavía sostienen a las fuerzas políticas que gobiernan estos ayuntamientos. Un diagnóstico de base victimista hilvanado con las quejas hacia unos medios de comunicación hostiles al proyecto. Una conjunción, como se ve, de factores en contra de un bello pero truncado proyecto político.

En cambio, nada más alejado de la realidad. Muchos profesionales de la cultura, y muchos analistas de la política, asistimos a una justificación de una frustración política realizada desde el victimismo. Y es que con el permiso de Cervantes, donde unos ven batallas culturales muchos otros lo que vemos son errores básicos de política.

Para empezar el error de base es asumir la gestión de estos ayuntamientos con un visión sesgada de los sectores. Y si hablamos de cultura, no es lo mismo gestionar “cultura y turismo” de una ciudad como Madrid que gestionar el Patio Maravillas. Hay un vertiginoso precipicio que separa lo uno de lo otro. Me arriesgo a afirmar que no había plan de cultura global, ni estrategia, ni conocimiento previo de la administración, ni complicidades con los sectores ideológicamente no afines. Sencillamente lo que había antes de acceder a los ayuntamientos era un diagnóstico cerrado y compartido por una parte social y profesionalmente muy concreta. Todo encajaba en ese grupo, menos lo que no encajaba. Y si no encajaba, siempre se podría resolver con ideología.

Y ese ha sido el siguiente error, hacer de la gestión municipal de la cultura Ideología, pero en mayúsculas. Y en esto los argumentos de Jaron son muy certeros: es tan fácil hacer ideología con lo simbólico! La obsesión era hacer POLÍTICA cultural, en lugar de política CULTURAL. Un gigantesco descuido al no tener en cuenta a la Administración, que salvo disfuncionalidades y errores, son los que mejor conocen esas realidades. ¿Para qué recurrir a técnicos de la Administración para gestionar los ayuntamientos si existen muy buenos pensadores de la cultura entre las propias filas?. Al fin y al cabo, de lo que se trataba era de sustituir un cuerpo de asesores por otro, de apartar a unos funcionarios y aupar a los afines, de colonizar la institución…

Y después, los errores políticos se han ido sucediendo, y las malas prácticas también: trocear contratos, direcciones artísticas sin concurso, comunicación errática, enfrentamientos estériles pero arduos, incontinencia por controlar los símbolos…

Y ojo!, no hablo nada más que de Madrid y Barcelona.

En definitiva, no son guerras culturales, sino ineficacia política. Algo muy obvio; cuando las expectativas eran tan altas lo único que queda es decepcionar. Una actitud arrogante ha llevado a estos equipos al desgaste, a la cautela y a la inoperancia en el plazo de tan solo un año (¡). Ellos tenían muy claro lo que había que hacer y se han dado de bruces con que tenían que negociar todo, todo, todo. Y para colmo esa última cesión de cultura al PSC en Barcelona, o ese paquete que es el área de cultura que ya está en el buzón del grupo PSM-PSOE.

Hacer de la gestión de la cultura una batalla política es, además, peligrosísimo para la sostenibilidad del sector cultural. Cuantas más cosas metamos en ese toma y daca binario de la política, más cosas extraeremos del área de la gestión, donde muchas de ellas se pueden resolver. Sólo en un entorno pacificado ideológicamente se pueden conseguir avances que puedan ser patrimonializados por un amplio espectro de la sociedad. Ideologizados, lo único que conseguiremos es tensar y perennizar el desacuerdo; cuando menos.

 

En serio, querido lector, no son gigantes lo que vemos, son meros molinos que muelen mecánicamente grano cuando sopla el viento. Tan aburrido. Tan pragmático.

Fotograma de la película "E la nave va" de Federico Fellini, 1983.

Fotograma de la película “E la nave va” de Federico Fellini, 1983.

El Real Instituto Elcano (RIEL) viene elaborando diversos estudios y algunos indicadores que sirven para analizar la presencia/influencia de España a escala global. Uno de ellos, el Índice de Presencia Global (IPG), es un indicador que ordena 80 países de acuerdo a su proyección exterior. Es un índice que se compone de variables muy diversas, tales como la económica, la militar y la que denominan “presencia blanda” (cultura, información, deportes…). Aunque se pueda asociar este indicador a los esfuerzos comunicativos de la tan manida “marca España”, poco tiene que ver con ésta porque metodológicamente persigue un objetivo diferente: ser un instrumento comparativo a nivel global.

Recientemente el RIEL ha publicado un documento de trabajo en el que se analizaba una de las sub-componentes de ese índice: la presencia de España en la prensa internacional y los resultados abren muchas vías de reflexión y análisis. No voy a entrar en una disquisición metodológica en cuanto a qué y cómo se ha seleccionado las fuentes informativas internacionales porque dentro de la complejidad de análisis que este ámbito contiene, los autores del estudio (José Perez Martín y Juan Antonio Sánchez Giménez) han buscado la más objetiva, aglutinadora y operativa para analizar ese impacto internacional.

Fijémonos pues en uno de los datos que salen de ese estudio, el de las noticias de España y cultura segmentadas por las diferentes lenguas seleccionadas, y el resultado es este.

noticias cultura

El gráfico se explica por si solo: influimos esencialmente en español. Una distorsión, en el ámbito de cultura, muy exagerada respecto a la media de todo el estudio de Elcano, donde el 41% de los artículos son en español, 30% en inglés, 11% en francés, 12% alemán, 3% chino y 3% ruso.

Teniendo en cuenta que en esa notoriedad informativa recogida bajo el epígrafe “artes y espectáculos” también se incluye deporte, parece fácil deducir dos cosas: que esencialmente se publica sobre nosotros en toda Iberoamérica y sobre todo, que se atiende a nuestra actualidad deportiva. Un dato que quizá es útil para analizar esa presencia global, pero que nos debe hacer reflexionar sobre nuestra capacidad cultural a nivel global.

Vivir en una realidad cultural y mediática propia, la española, la catalana, la vasca, la andaluza… nos puede llevar a una distorsión: creer que fuera se habla y se reconoce lo mismo. Y sin embargo eso no es así. Podemos admitir que existen muchos otros canales, algunos más discretos, otros profesionales, que sí que dan salida informativa a nuestro tejido cultural, pero el alcance, como “industria cultural” y con capacidad de generar riqueza es muchísimo más reducido. Influir, tan solo podemos afirmar que influimos en Iberoamérica, y si lo hacemos, es con los deportes. De cultura, poca, o al menos poco hablan de ella ahí fuera.

Todos conocemos la influencia cultural que Francia o Reino Unido ejercen sobre nosotros. Leemos y escuchamos múltiples referencias artísticas y culturales que nos condicionan nuestros gustos, nuestros deseos y también nuestra imagen de esos países. Sin embargo, a juzgar por este estudio, a nosotros nos cuesta mucho más hacer ese trabajo.

Aquí hemos argumentado muchas veces que parte de nuestro fracaso exterior puede tener que ver con la estructura de los medios de producción cultural internos, ya sean los de la denominada industria cultural, como los meramente artísticos. Hemos sostenido que lo artístico es algo de lo que nadie, ni instituciones públicas, ni Administraciones, ni tampoco en muchos casos el público, se preocupa. Estamos instalados en un sistema productivo de cultura muy intestino, pequeñito y de escala local. Un indicador de ello es lo que acabamos de ver. Y sin embargo, las políticas de ayuda a la difusión internacional, desde la ACE (Acción Cultural Española) y el Cervantes a los múltiples institutos o agencias autonómicos, están desconectados de las políticas de estímulo y ayuda a la producción. Mientras el beneficio sea individualizable, el beneficio común, el colectivo se mantendrá como secundario. Y así los días, e la (non) nave va.

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Cristina Cifuentes con representantes de la Plataforma en defensa de la cultura.

Ni con parches, hipnosis, medicamentos, terapias… dejar de fumar cuesta. Como un hábito convertido en vicio, erradicarlo necesita de una fase de aprendizaje que requiere de tal esfuerzo y voluntad que no todo el mundo lo consigue. Lo de recurrir a los “representantes de la cultura”, esos viejos lobbies, también es un vicio que un político cómodo o una administración débil son incapaces de vencer. Un vicio del que no nos hemos librado pese a haber pasado la más dura crisis con sus nefastas correcciones y consecuencias en el ámbito de la cultura.

Recientemente publicaba Cristina Cifuentes, convertida desde su investidura y por deseo propio, en la titular del área de cultura de la Comunidad de Madrid, en su cuenta de twitter la foto que encabeza este artículo. Esa foto da fe del encuentro que la Presidenta mantuvo con “representantes de la Plataforma en defensa de la cultura” en el día de su publicación. Las formas de esta foto, marcadas por la jovialidad y la diversión, parecen ser una marca, queremos pensar inocente, propia de la Presidenta. Sin embargo esa foto puede ser un error al comunicar precisamente un trato fácil y lisonjero hacia unos temas y unas materias de gobierno que más bien merecerían un trato diferente. Dicho de otra forma, parece que la frivolidad de la foto no corresponde con la realidad del ámbito de la cultura en la Comunidad de Madrid. Y si no observen estos datos.

Cultura en la CAM

Cabría preguntarse entonces si el error comunicativo lo comete Cristina Cifuentes y su equipo al publicar esta foto como los “representantes de la cultura” al acceder a semejante documentación de su encuentro. Máxime cuando no aparece ningún tipo de documentación o información sobre esta reunión en la propia página web de la Plataforma. Aquí explico yo lo que ocurrió en aquella reunión. Actuar en calidad de representantes de un sector requiere de un rigor y un rictus de “lobista” que no se aprende en los escenarios, ni delante o detrás de las cámaras… Esa responsabilidad requiere profesionalidad, estrategia, seriedad, más cuando las cifras de los sectores a los que representas reclaman esa actitud a voces. Se imaginan a los “representantes” de los movimientos pro-sanidad pública tomándose una foto selfie con el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid? O a los rectores de las universidades públicas madrileñas en semejante guisa con el Consejero de Educación?

El problema radica en la legitimidad y representatividad de esos erigidos “representantes de la cultura”. Ya he escrito aquí sobre esa problemática y no quisiera redundar mucho más en ella. Sin embargo, sí que me parecería adecuado continuar la reflexión sobre la actitud que políticos y Administración tendrían que tener cuando necesitan establecer canales de interlocución sectorial. Lo avanzaba en mi título: no es tiempo de viejos lobbies, sino de ideas y propuestas. Esos viejos lobbies, los que se auto-retratan sonrientes con la Presidenta Cifuentes, son los que comparten la responsabilidad de esas cifras que he expuesto antes. Son ellos los que dejando aparte los intereses generales y públicos, han defendido unos intereses de supervivencia propios propiciando así una situación de armarios cerrados con fuerte olor a naftalina. La renovación de ideas, las propuestas, el diseño de las futuras políticas culturales reside fuera de estos viejos lobbies.

Es tiempo pues de activar nuevas metodologías e institucionalizar nuevos canales de interlocución sectorial. Es tiempo de abrir espacios para recibir nuevas ideas, de agitar los sectores para que su supervivencia pase por la necesaria renovación conceptual, ideológica, generacional… Es tiempo de asumir riesgos en la gestión pública de la cultura. Y cuando digo riesgos, no me refiero sólo a apuestas artísticas y culturales audaces, sino también a dirigirse hacia aquello(s) que la Administración no conoce pero que sin duda corresponden a una realidad social y cultural muy importante. Nos jugamos mucho en ello.

Lo que aquí reclamo no es una elucubración fruto de un tórrido verano. Lo que sugiero son prácticas que ya existen en otros lugares, ciudades, países. Por ejemplo, en algún momento habrá que reclamar consejos de asesores compuestos por profesionales o personas que acrediten su competencia para participar en ellos. Competencias personales que correspondan a las necesidades que ese consejo asesor pueda tener. Personas que accedan a esos consejos mediante concursos públicos basados en los méritos y las responsabilidades. Consejos transparentes donde nadie representa nada más que intereses ideológicos, no de grupos sectoriales. No sería este modelo un modelo más acorde con el ideal democrático?

La Administración y los políticos que la dirigen, tienen ante si la oportunidad de buscar una nueva legitimidad. En cultura más que en otros sectores, el debate de las ideas, de los modelos, debe anteponerse al de los intereses. Los intereses son legítimos, lo que no es legítimo es la apropiación por unos intereses concretos de la interlocución con el gestor de lo público. Aquí reside un fraude democrático que urge corregir. Gobernar, administrar se hace para todos, no sólo para los que más o menos torpemente se organizan para hacer llegar sus reivindicaciones a la Admon.

Volviendo a la foto, y para concluir, me gustaría enviar un doble mensaje, tanto a Cifuentes como a esos denominados “representantes de cultura”.

Sra. Presidenta de la Comunidad de Madrid, aproveche el tren de la renovación y no incurra en prácticas y caminos cómodos que conducen a la esterilidad del pasado. Ábrase a las ideas, incluso si no las comparte, escúchelas, busque las contradicciones y después opte, pero por las ideas, no por los intereses.

Señores (porque apenas hay mujeres en esa foto) “representantes de la cultura”: sencillamente tengan la osadía de reinventarse como verdaderos lobbies y entonces después hablaremos de cómo legitimarles.

Representación de un Basilisco datada hacia 1510

Representación de un Basilisco datada hacia 1510

En definitiva, abandonar el vicio de fumar cuesta, pero se puede conseguir. Basta fuerza de voluntad y determinación. Sólo aquellos que la demuestran reciben el premio. Lo mismo ocurre en la foto que nos atañe. Si queremos huir de esa imagen de basilisco que el político ejerce en esos representantes y esos representante en ese político, y que como el basilisco paraliza letalmente, hay que dejar de mirarse a los ojos y mirar más a los libros, los datos y los dossiers.

tablero_ocaLos Presupuestos Generales del Estado (PPGGEE) son uno de nuestros particulares y folclóricos “día de la marmota”. Cíclicos, cada otoño su presentación en las Cortes Generales siempre suscita la misma atención: la presentación, el desglose de partidas, las lecturas políticas, etc…

Este año adelantado todo este ritual para que el final de la legislatura no impida la aprobación de esta Ley, la sensación de déjà vu no cambia. Presentados los números, abierta la polémica. Y en cultura, como viene siendo habitual, no se producirá una excepción. Ni agosto, con su tedio y bochornoso sopor agotan las ganas de polemizar con unos números que son por primera vez en los últimos 5 años, tímidamente expansivos. El gasto que el Gobierno a través de la Administración Central va a hacer en cultura en el 2016 asciende a 803,7 Millones de €, un 7,3% más que hace un año. Un gesto que apenas palía el enorme trecho retrocedido, presupuestariamente, en los últimos años.

Pero el ritual de criticar las cuentas del Gobierno para la cultura muchas veces adolece de una distorsión y pasa por alto una obviedad  que apenas algunos agentes o analistas traen a la centralidad del debate.

Distorsión

Cuando hablamos del gasto que la Administración Central destinará a cultura estamos hablando de eso, de lo que sólo el Gobierno Central dedica a esta partida. Eso quiere decir que no contempla lo que las otras administraciones (Autonómicas y locales) destinan a cultura. Si observan el gráfico en el que se desglosa qué gasto en cultura hace cada nivel de la Administración General del Estado medido en gasto medio por habitante se puede comprobar lo poco que gasta y lo constante de cómo lo hace, la Administración Central. Si atendemos al último año del que tenemos datos[1], en el 2012 el Gobierno y su Administración significó alrededor del 16% del gasto total de las administraciones públicas en cultura. Un porcentaje despreciable si lo comparamos con los Entes locales (circa 58%) y CC.AA (27%).

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A tenor de estos datos, el ruido que genera en los medios de comunicación y en la sociedad hablar de lo que el Gobierno gastará el año que viene, al menos, en lo que se refiere a cultura, parece un tanto exagerado. De preocuparnos esta partida de gasto, o cómo se financian las políticas públicas de cultura, habría que descender también hacia otros planos de la Administración, en particular hacia las CCAA que son las que tienen las competencias en exclusiva en materia de cultura y hacia los Ayuntamientos y Diputaciones que son los que manejan el grueso del gasto.

Esta distorsión, quizá como origen en esas inercias informativas que hacen que lo que ocurre en Madrid tenga un eco mayor que lo que ocurra en otros ámbitos del país lastra la relación del ciudadano con su Administración, muy en particular el ciudadano afectado, en este caso el perteneciente al sector de la cultura, incapaz así de dimensionar, responsabilizar o exigir adecuadamente al nivel administrativo competente.

Obviedad

No todo lo que se gasta la Administración Central, y en particular el Ministerio de Educación Cultura y Deportes en Cultura (669’4M€ previstos para el 2016) sigue una lógica racional distributiva de los recursos con criterio equitativo y meritorio para todos los proyectos culturales diseminados por el conjunto del país. Más bien al contrario, el sesgo tiende a beneficiar las estructuras asentadas en Madrid, la capital, o hacia los viejos programas otrora dependientes de la Admon. Central y hoy en otras manos (p.e. Festival de Granada o Almagro).

No es de extrañar que, tal y como están los aires de enrarecidos en Cataluña, nada más presentarse los PPGGEE la más contundente crítica política en materia de cultura, al margen de valoraciones sectoriales, haya venido del Govern de la Generalitat, eso sí, en forma de un argumento de exposición de agravios y alentador de las ansias de soberanía, también, en términos culturales. Decía Mascarell, Conseller de Cultura que el Gobierno financia por debajo de lo pactado las Instituciones culturales establecidas en Cataluña. Desestacionalizada esa crítica del momento político catalán, esa crítica es válida en cuanto que es comprensible y extrapolable a muchas otras CCAA. A modo de ejemplo, cuáles son los criterios que conducen al Gobierno a decidir que el Reina Sofía debe recibir 36,6 M€ y en MACBA sólo 1,04 M€? Entendiendo que los proyectos tienen dimensiones diferentes, son estas tan diferentes como para que la relación sea 1/35? O, por qué el MACBA tendría que buscar otras fuentes de financiación públicas para completar sus recursos y el Reina Sofía no? Este es un ejemplo, pero aplíquenlo a otras instituciones culturales, aquellas que son de referencia en su CCAA y descubrirán la raíz de la crítica.

Sin embargo esa obviedad de que hay estructuras centrales, o centralizadas, que se ven favorecidas en los PPGGEE por encima de otras descentralizadas abre otros debates todavía más pertinentes sobre la necesidad de mantener esas estructuras centrales en un país tan descentralizado. Si el presupuesto que en los próximos meses se ha de discutir y aprobar en las Cortes Generales corresponde a un ejercicio contable sobre cómo ingresamos y gastamos los recursos de todos los ciudadanos, nada más justo que adoptar un criterio político para distribuir mejor los recursos. Se trata de salvar la obviedad para no cometer agravios, para modernizar y actualizar el sistema de asignación de recursos no sólo a la realidad del país, sino sobre todo a la realidad profesional, artística y cultural. No podemos seguir manteniendo esa ficción de un país centralizado en cultura cuando llevamos décadas construyendo precisamente lo contrario.

En definitiva, los PPGGCC son en lo que se refiere a cultura, una vez más, otra oportunidad perdida de modificar la estructura que el Gobierno hace de su Administración a partir de la herramienta del gasto público. Una oportunidad perdida de modernizar y actualizar esa Administración que más anclada vive en una distorsión sobre su relevancia y obviando una realidad. Aunque de oportunidades perdidas, llevamos unas cuantas, convendría no seguir perdiendo muchas más.


[1] La serie estadística se para en 2012 pues es el último año del que el Estado hace una consolidación de cuentas. Metodológicamente recurrir al gasto consolidado tiene como ventaja que ser trabaja con datos reales, y como inconveniente que son datos algo lejanos en el tiempo. La actualización de esta serie, añadiendo el 2013, se ha de producir en otoño 2015.

Imagen de una de las instalaciones de la exposición Big Bang Data, comisariada por Olga Subirós y José Luis de Vicente

© Gunnar Knechtel Photography, 2014 – Imagen de una de las instalaciones de la exposición Big Bang Data, comisariada por Olga Subirós y José Luis de Vicente

Google, Amazon, Facebook, Apple… ese grupo que denominan G.A.F.A., ya tienen en su poder datos que son de enorme interés para aseguradoras, farmacéuticas, grandes superficies, centrales de logística, distribuidoras, telefónicas, etc. Y comercializan con esos datos generando una concentración de información y de recursos (y de capital) que ya estamos reconociendo como la base de una nueva estructuración económica.

Sin embargo las aplicaciones que estamos haciendo en el ámbito público de las nuevas tecnologías de la información y de procesamiento de datos tienen que ver esencialmente con el espacio público, la ciudad y, la recaudación de impuestos. Entre las mal llamadas “Smart cities” y la Agencia Tributaria, no hay otro tipo utilización pública del marasmo de datos que somos capaces hoy día de obtener, ordenar e interpretar?

La cautela, y a veces la torpeza, con las que las Administraciones Públicas se relacionan con las oportunidades que el tratamiento de la información abren hoy día tienen que ver con muchas inercias intrínsecas de la Administración, la política y la sociedad.

La tecnología se domestica.

El ser humano crea tecnología para facilitarle su adaptación y manipulación del medio desde que es una especie distinguible de otros homínidos. Esa tecnología siempre se ha ido incorporando en la vida humana paradójicamente a ritmo de rechazos y posteriores aceptaciones. Un ciclo que se repite con cada nueva incorporación tecnológica y el subsiguiente cambio de hábitos que éste nos pueda provocar. Así cada generación recuerda al menos una tecnología que cambió su vida y su forma de trabajar. Cuando la tecnología además comporta grandes cambios en la correlación de fuerzas del mundo del trabajo y de la renta, entonces puede generar, como así lo ha hecho, violentas reacciones. El movimiento de los luditas en el siglo XIX, la oposición al ferrocarril, al coche, a la televisión, al teléfono, al teléfono móvil, al ordenador…son ejemplos de estas reacciones.

En cuanto a que los poderes públicos, los únicos legitimados para ejercer el poder coercitivo, puedan apropiarse de una tecnología y puedan utilizarla en contra de sus ciudadanos provoca, cuando menos, recelo. Los recientes casos de espionaje masivo de las agencias de seguridad estatales, particularmente la NSA (EEUU), han suscitado el debate: hasta qué punto el Estado puede espiar informativamente al ciudadano? Debate nada nuevo, pero sí actualizado en cuanto a las posibilidades que las nuevas tecnologías abren para el espionaje masivo de ciudadanos.

Sin embargo, al mismo tiempo que la tecnología se ha ido incorporando al quehacer del ser humano y sus instituciones, también se han ido desarrollando los sistemas garantistas de los derechos de las personas, ya sea en su faceta como trabajadores o como ciudadanos. Lo mismo sucede con las nuevas tecnologías de la información. Tímidamente, pero paulatinamente, vamos avanzando en la protección de derechos al mismo tiempo que domesticamos la tecnología de la información para nuestro provecho en nuestra vida cotidiana (leyes de protección de datos, de derechos de autor, imagen…).

Recientemente la Secretaría de Estado de Cultura anunciaba que iniciaba una colaboración con una empresa privada para suministrar semanalmente en la página del Instituto de la Cinematografía y las Ciencias Audiovisuales (ICAA) los datos de recaudación de las taquillas cinematográficas del país. Unos datos que ya venía recogiendo, divulgando y comercializando esta empresa y que son de utilidad para las empresas de distribución de películas. He aquí un caso de la practicidad de unos datos ofrecidos en tiempo casi real para el uso de todo un sector, ahora con la ayuda en la divulgación de una Administracion pública.

Más allá de constituir una nueva plataforma de divulgación de esos datos, sería necesario preguntarse por qué esos datos no se podrían utilizar para entender mejor cómo funciona la distribución y el consumo de cine en todo el país y poder así diseñar e implementar políticas públicas que ayuden a conseguir objetivos políticos concretos. Y de aceptar esta utilidad, también sería pertinente preguntarse por qué esa recogida de datos no la lidera el sector público en lugar de dejarla en exclusiva en manos privadas. A modo de ejemplos, si el Ministerio de Cultura recogiese directamente datos de cómo funciona la recaudación de las películas en todo el país, sabría si hay grandes diferencias entre la distribución de películas en el ámbito rural y el urbano, pongamos el caso, y así diseñar un programa que ayude a una más equitativa distribución cinematográfica que garantice el igual acceso de los ciudadanos a una diversidad de “productos culturales” independientemente del medio en el que residan. Eso sí, para ello habría que asumir este objetivo como político. Donde antes un lobby reclamaba unas ayudas (que favorecieran su interés) ahora podríamos desarrollar una política de “interés público”. O dicho de otra manera, de decidir hacer un gasto, al menos hacerlo conforme a una evidencia empírica que sustente la decisión política.

Este ejemplo ayuda a ilustrar como las tecnologías de la información y aquello que denominamos Big Data nos ayudan a superar los viejos debates que bloquean con frecuencia el diseño, implementación y evaluación de las políticas públicas.

Continuando con el ámbito de las políticas culturales (sector profundamente ideologizado, fragmentado y debilitado en el que cualquier decisión política conduce con frecuencia a la controversia) una meticulosa extracción y compilación de datos puede ayudar a detectar de una manera objetiva los problemas y las necesidades. Por qué, como en el cine, no disponemos de datos globales de frecuentación de teatros, auditorios, museos, desgranados por disciplinas, edades del público, temporalidades…? Técnicamente eso es posible hacerlo hoy día. Falta los recursos y la voluntad política para así disponerlo. La misma voluntad política que debería conducir a relegar a niveles más técnicos la elaboración, conforme a esos datos, de las políticas públicas ad hoc. La tecnología, los datos y la técnica no excluirían al político en detrimento de un técnico, más bien al contrario, la evidenciarían, la clarificarían entre todo el ruido, nerviosismo y confusión que hoy día dominan el debate sobre políticas culturales.

Los recelos ante la introducción de esta tecnología en las técnicas de gestión y administración de lo público se irán venciendo poco a poco. Ni los temores de concentración de información están justificados cuando hablamos de los poderes públicos, pues esa información es por naturaleza y como garantía, pública; Ni las reticencias de una Administración, y una parte de los administrados, son racionalmente sostenibles. Por ello caminar hacia una Administración Pública fundamentada en las técnicas actuales de recogida de información y procesamiento de datos, nos acercaría hacia esa eficiencia que, en un desliz positivista, podríamos llamar “verdad”.

Foto 9-6-15 11 34 20Permítanme que les lance una obviedad que pueden interpretar, si quieren, como una provocación: el mundo es imperfecto y la política es dura y aburrida. O lo que es lo mismo, venimos a este mundo a mejorarlo y, conseguirlo, no es nada fácil. Parece que el ser humano está condenado -el viejo mito de Prometeo- a mejorar su existencia en una lucha con el medio y por los medios. Eso es lo que denominamos civilización. Un proceso, el civilizatorio, que ha conducido al ser humano, en su globalidad a cuotas de bienestar y de calidad de vida inéditas en nuestra crónica como especie. Un mundo que en su globalidad y pese a las muchas problemáticas que le acechan, es el mejor que nuestros antepasados hubiesen imaginado. Una imperfecta utopía.

Esta sensación de “tarea cumplida” que subyace en la crisis del pensamiento utópico sobre la que alertaba Olivia Muñoz-Rojas en páginas de El País es la que le lleva a lanzar la pregunta: ¿Significa eso que estamos ya en el mejor de los mundos y no es posible imaginar uno mejor?. Aunque sólo hagamos un uso interesado del optimismo histórico, la respuesta es no. En ese caso, ¿por dónde regenerar el pensamiento utópico que ha movido los ideales del ser humano?

Hay algo de ideal siempre perseguible, de continuo intangible, en todo pensamiento utópico. De esta manera a lo largo de la Historia siempre se ha podido reciclar una utopía, adaptando para su definición, componentes nuevos. De eso probablemente trate la historia de la izquierda (ideológica y política): de una adaptación continua de su ideología para perseguir y alcanzar paulatinamente espacios de mayor certidumbre, bienestar y justicia.

La secuencia histórica, acelerada en los últimos siglos, en las últimas décadas, ha sido una consecución de ideas, un reciclaje continuo de proyectos que se sucedían los unos a los otros avanzando en una línea clara que algunos llamaron modernidad y otros progreso. Mantener esa línea ni ha sido fácil ni, sobre todo, inocente: el coste ha sido caro. En el camino se han producido guerras, explotaciones, injusticias, transformaciones ambientales irremisibles, etc.. Pero en la medida que se iban alcanzando hitos, también se desactivaba poco a poco el ideal político que reside en la palabra utopía. Así, conforme nos acercamos a un destino es más difícil variar la ruta, a no ser que sea para volver a atrás (riesgo que siempre existe).

Sin embargo, el aparente éxito de los ideales utopistas parece que coincide con la también aparente parálisis del pensamiento utópico, cuando menos en la esfera social, política y económica. Resulta difícil identificar una argumentación idealista que actúe conforme a los cánones de lo que anteriormente habíamos identificado en la Historia como ideales utópicos. Las otrora innovadoras izquierdas europeas han renunciado a la institucionalización y a los proyectos colectivos y se refugian en la acción a escalas reducidas. Los éxitos sociales y económicos que se han obtenido a nivel global no siempre van parejos a éxitos políticos. El componente trasformador de impulsos políticos en otras regiones del mundo se ve inmediatamente lastrado por la interdependencia económica a nivel global por ejemplo es el caso de Brasil. Y aún así, la emergencia de una acción política global, con su correlato ideológico, apenas avanza y si lo hace es en el mundo de internet, convertido en el símbolo de la interconexión humana. Ahí ha emergido un nuevo activismo crítico pero aún débil para articular un pensamiento global alternativo.

Precisamente es en ese mundo digital donde hoy día residen algunas de las articulaciones de pensamiento utópico más controvertido. La costa oeste de Estados Unidos y en particular las zonas de California donde se vienen desarrollando las nuevas tecnologías de la información, son hoy laboratorios de utopías. Teorías como la de Moore, que establece que cada vez tardamos menos tiempo en duplicar la capacidad tecnológica para tratar la información, son la base sobre las que sustentar un mundo futuro con capacidades inimaginables hoy día, o en su deriva contradictoriamente más pragmática: un mundo ideal plagado de tecnología imposible. Bastaría echar un vistazo al argumentario y a las actividades de la singular “Singularity University” para comprobar lo libre que la imaginación y la idealización es en Silicon Valley.

Hay que reconocer que los ideales tecnoutópicos de la costa americana del pacífico nos pueden parecer ilusos y lejanos de la problemática social. Pero no lo están menos, si cogemos perspectiva, que algunas ideas de la nueva izquierda europea: la puesta en marcha de huertos urbanos, la movilidad por bici o la sustitución del coche a combustión por el coche eléctrico, por ejemplo. Y sin embargo aquellas ideas californianas y sus plasmaciones tecnológicas son las que más nos han transformado nuestras sociedades en las últimas décadas. Tanto, que por cambiar están cambiando incluso el tejido económico, las correlación de fuerzas del trabajo y la distribución de la riqueza, entre otros muchos y graves asuntos.

Decía Tony Judt que “tenemos que redescubrir cómo hablamos sobre el cambio: cómo imaginar formas muy diferentes de organización, libres de la peligrosa salmodia de la “revolución”. Y esto es algo que quizá deberíamos estar haciendo en un mundo actual donde la tecnología de la información y la interconexión inmediata dibujan una nueva realidad de la que ya no hay vuelta atrás. Necesitamos pues imaginar ideales utópicos a partir de los umbrales que esa tecnología nos abre. Imaginar nuevos modelos económicos y sus correlativos sistemas sociales y políticos. Es ahí donde hallaremos la reactualización del pensamiento utópico.

Se trata, en definitiva, de un nuevo ciclo en la historia de la humanidad, parecido a alguno ya acontecido en el pasado, pero de enorme vigencia actual: incorporar alguna innovación ideológica producida en un margen de la sociedad para utilizarla con efectos globales con criterios de justicia, bienestar y seguridad. Dicho de otro modo, no se trata de avanzar acríticamente en el desarrollo del paradigma digital (como sucede ahora, salvando el mundo hacker), sino de asumirlo para transformarlo críticamente y proyectar así todo el potencial utópico que contiene.

La conciencia global, los proyectos transformadores e integradores, el equilibrio medioambiental, la igualdad, el trabajo, etc… Todos ellos son retos en los que nos encontramos bloqueados. El desarrollo capitalista actual nos limita nuestros márgenes de acción política y nuestra capacidad de regenerar el potencial utópico. Necesitamos cambiar ese paradigma económico apostando y transitando por un nuevo modelo digital, mas redistributivo e igualitario, base de una nueva economía. Ideas de cómo hacerlo ya están sobre la mesa, desde Jaron Lanier, Ted Nelson, y muchos otros. “No basta con que el estado de cosas que queremos promover sea mejor que el que le precedió; ha de mejorar lo suficiente como para que compense los males de la transición” señalaba John Maynard Keynes. He ahí el reto: no basta con seguir la línea de los acontecimientos, sino adelantarse a ellos. Nada más utópico.

David Márquez Martín de la Leona

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