[Artículo publicado en el número 9 de la revista Red Escénica: http://www.redescenica.com ]

 

Todos los días 7 de cada mes, día en el que se consideraba que había nacido Apolo, el oráculo de Delfos ofrecía audiencia a todas las personas, poderosas o humildes, que le habían solicitado consulta. Con ocasión de ese acontecimiento, y también como tributo a Apolo, los asistentes, consultantes y acompañantes, acostumbraban a realizar algunos ritos sacramentales, oraciones, sacrificios… y arte. Rituales artísticos y religiosos venían a ser una misma cosa al servicio de un objetivo claro: rendir culto a Apolo como recompensa por conocer el futuro. Quizá por esa razón, se construyó en el mismo recinto del santuario un gigantesco teatro aprovechando la pendiente de la colina y que ha llegado a nuestros días como el teatro griego mejor conservado.

Podríamos decir que, si bien las manifestaciones artísticas nacieron y desde entonces siempre han estado relacionadas con el acceso a lo desconocido, a lo trascendental o a lo divino, quizá no encontramos otro caso donde esté vinculado el arte, el teatro, al ansiado conocimiento del futuro como lo es Delfos.

No es fácil, admitámoslo, adivinar el futuro. Nuestro raciocinio nos lleva siempre a concluir que, de facto, es imposible. Y aún asumiendo que pudiéramos hacer razonables pronósticos futuros basados en el análisis de hechos y evidencias, por otra parte, jamás seríamos capaces de controlar su devenir. Lo cual constituye la fatal frustración de cualquier arte adivinatoria.

Pero, dejando al margen estas disquisiciones filosóficas y volviendo al binomio de futuro y teatro que el Santuario de Delfos nos servía en bandeja, hemos de decir que quizá jamás hayan estado tan distantes estos dos conceptos. Pareciera como si, ni el futuro necesitara del teatro, ni el teatro mirara directamente al futuro. El teatro, nuestro sector del teatro, se manifiesta visiblemente como un sector reacio, o cuando menos, torpe, al cambio. Es un sector que podría tildarse de neófobo. Todo aquello que desconoce y que pueda estar amenazadoramente relacionado con el futuro (cambio de costumbres de las audiencias, competencia con otras formas de ocio, anquilosamiento de lenguajes artísticos, oportunidades tecnológicas…) provoca un rechazo inmediato, a veces ineludiblemente irracional.

Que este sector nade en la neofobia puede deberse a muchas razones individuales, pero por apuntar algunas colectivas, tiene que ver, y mucho, con su propia debilidad económica y su consiguiente incapacidad crónica por asumir inversiones en innovación; pero también tiene que ver con un rechazo emocional a verse desdibujado o desplazado en un nuevo mapa cultural donde tradicionalmente había asumido una posición central.

Sin embargo, no es el único sector que se encuentra en esa situación recelosa. En su desconfianza al futuro también se hallan amplias capas de otros sectores de lo que podríamos denominar ese núcleo central de lo que otrora fuera el mapa cultural: el cine, la música, la edición… Aunque también sería necesario reconocer que dentro de esos sectores poco a poco van abriéndose paso capas cada vez más amplias de partidarios de la innovación. Como si se hubieran desprendido de la neofobia y hubieran ido asimilando crecientes dosis de neofilia, cada vez más iniciativas y más profesionales de esos sectores son capaces de conjugar la palabra futuro con sus actividades culturales, creativas o artísticas. De esta manera, dentro del mundo del cine podemos empezar a ver un nuevo mundo audiovisual (plataformas audiovisules, producción on-line, por ejemplo), dentro de la prensa también identificamos una nueva y dinámica prensa digital, dentro de la música todos accedemos a nuevas formas de disfrutar la música (streaming), etc.

No obstante, esa renovación sectorial se produce principalmente en aquellos lugares que son capaces de destinar recursos para incentivar la innovación, generar así economías de escala para posteriormente recuperar la inversión realizada. Es decir, aquella parte del sector donde la “industria cultural” ha sabido y ha podido reformularse a partir de lo nuevo. Atrás pueden quedar los sectores no “industrializables”, los más artísticos, los que, en definitiva, quedan relegados al albur y protección de las políticas y la financiación públicas (al menos en nuestro contexto europeo continental).

Ese puede ser el riesgo futuro para el futuro del teatro: quedarse sin el tirón de un sector dinámico propio que ayude a vislumbrar algunos rasgos de ese futuro. Sin esa capacidad de inversión en innovación el teatro, como disciplina artística y cultural, corre el riesgo de quedarse atrás, paralizado, como una actividad “conservada” por la iniciativa pública, convertido en patrimonio en detrimento de la creación, polarizado entre los que reciben muchos recursos (públicos) y los que reciben muy pocos… Un futuro que, adivinará el lector, es cada vez más nuestro presente.

De ahí que sea crucial que el mundo del teatro vuelva a esos tiempos de Delfos. No en el sentido antropológico y temporal, sino simbólico. El teatro ha de volver a saberse relacionar con los conceptos futuro e innovación. Ha de ser parte de la misma fiesta “optimista” cultural que es celebrar lo nuevo (no criticarlo). Ha de dejar de ser menos neófobo para ser más neófilo, ¿por qué no?

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