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Suena un poco tremendista, pero no teman, detrás de este título provocativo, que espero que haya captado su atención, se esconde un principio lampedusiano inequívoco: hacer que todo cambie para que nada cambie.

Durante la pasada campaña electoral a las Elecciones Legislativas la cultura estuvo muy ausente de las propuestas programáticas y, por supuesto, de los debates electorales que mantuvieron entre si las diferentes candidaturas. De haberse producido algún debate, éste fue muy testimonial y por supuesto fuera del conocimiento del gran público, perdón, del gran electorado. Las campañas electorales siempre son en si mismas reducciones del debate político, una especie de jugo concentrado que acompaña los platos del menú que es cualquier convocatoria electoral democrática, pero, precisamente por ese carácter concentrado resulta relevante conocer sus componentes. Y, como desde hace ya algún tiempo hasta nuestros días, la cultura parece que se ha convertido en un ingrediente viejuno que todo el mundo quiere evitar en la elaboración de ese jugo concentrado.

Así, una vez más, parece que la cultura no ha hecho vibrar auditorios durante esta presente campaña electoral, ni para las elecciones locales, ni para las autonómicas, y aún menos para las europeas. Aunque, tal y como ocurrió con la campaña a las Elecciones Legislativas, puede que alguna genial idea sobre cultura de una u otra candidatura se haya podido introducir en el debate, pero en cualquier caso su alcance no habrá sobrepasado al público, perdón, al electorado, especializado y directamente afectado.

Sin embargo, resulta extraño que, a la hora de elegir nuestros gobiernos locales y autonómicos, e incluso de elegir a nuestros parlamentarios europeos, no se preste mayor atención a este asunto, porque sencillamente son ámbitos en los que la cultura se juego mucho, y el ciudadano, con ella, otro tanto.

Por ejemplo, la batalla legislativa acontecida en la pasada legislatura en el Parlamento Europeo en torno a la regulación de los derechos de autor y de las plataformas digitales de contenidos ha sido una de las más encarnizadas, participadas y seguidas a nivel europeo que se recuerden. Una regulación que a nadie se le escapa que tendrá una gran transcendencia tanto en las prácticas de artistas y creadores como en las prácticas culturales de todos los ciudadanos europeos en su consumo cultural, particularmente el digital.

O incluso, por poner otro ejemplo, que las Administraciones Locales se hayan consolidado en estos últimos años en el nivel administrativo que más invierte en cultura pasando del 52% del gasto público total destinado a esta partida en el año 2.000 a gestionar el 64% en el año 2016 (algo más de 3.000 millones de euros). Dos tercios del gasto cultural en nuestro país, repito, dos tercios, se ejecuta desde los entes locales.

Por tanto, y tan solo tomando estos dos ejemplos, ¿no estaría justificado que se prestase algo más de interés a estos temas culturales cuando, en campaña electoral, se configura el concentrado político que destila mejor las preocupaciones políticas de la ciudadanía? Mi respuesta es que sí y no sólo porque sería parte interesada en ese debate, sino porque considero que el objetivo último de éste sería generar un mayor beneficio para el receptor último de esas políticas, el/la ciudadano/a.

Puede que, tras unos años ausente, el interés político por la cultura debiera volver a ser relevante. Tan solo porque quizá en estos últimos años hemos pasado de un paradigma o modelo de gobernanza política de la cultura donde los Estados eran, porque así se les reclamaba, los principales agentes políticos en esta materia, a un modelo o paradigma nuevo en el que, a partes desiguales, los otros niveles políticos y administrativos han cobrado mayor importancia. El repliegue del Estado en materia cultural abona el terreno para que los entes supranacionales cobren protagonismo legislativo y para que los entes locales, gestionen desde la proximidad los principales bienes y servicios culturales.

Por consiguiente, convendría conocer qué piensan las diferentes candidaturas respecto a cómo se hemos de acceder a los contenidos culturales digitales, a quién y cómo se remunera por esos contenidos, con qué coste para el ciudadano, permitiendo qué diferentes opciones de desarrollo empresarial, etc… Una serie de cuestiones que van vinculadas con nuestra posición cultural en el mundo.

Pero también y sobre todo, convendría debatir más y generar más y mejores ideas y prácticas sobre qué queremos hacer con la cultura a escala local. ¿Queremos vincularla con la educación?, ¿con la integración de colectivos y comunidades?, ¿qué lugar tienen aquí las fiestas, tradiciones y manifestaciones populares que tantos recursos públicos detraen?, ¿queremos utilizarlos como los resortes culturales que pueden ser? O, ¿nos reconfortamos con su carácter meramente ocioso y de distracción?

Admitámoslo, la política cultural, aquella que encarnaba casi en exclusividad el Estado, está languideciendo. Nos ha dejado de ser útil y por eso hemos dejado de hablar de ella. Pero, también asumamos la nueva realidad de que hay que hablar (más) de cultura a otros niveles, particularmente el local. Puede que, en ese nivel, estemos ante lo que podría ser el nacimiento de unas vibrantes, útiles y novedosas políticas públicas culturales. E introduzco ese matiz de políticas públicas, por su clara orientación a la prestación de un servicio público, a su carácter panificable y evaluable, y a la necesidad de articularlas con otras políticas públicas transversales para aumentar su impacto.

Si, llegados a este punto, aún les queda tiempo e interés, investiguen entre las propuestas y los programas electorales de las candidaturas que concurren en las presentes elecciones. Escruten qué les proponen en materia cultural, y juzguen si, quizá también en este asunto, no merecen que les hablen de manera más clara y responsable.

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