El ocaso del sector cultural. (Prólogo a la aparición de la sociedad cultural)

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¿Qué es cultura?

Esta es una cuestión que ha generado muchos debates, enfoques y perspectivas muy diferentes. De hecho, esta pregunta de muy difícil respuesta es la que condiciona, sin darnos cuenta, muchos de nuestros debates públicos, sean o no conscientemente culturales. Ya sea desde una perspectiva antropológica, o desde una meramente económica o mercantil, por mencionar las más extremas, cada cual puede optar por cualquier definición. Cultura es, por tanto, un concepto al mismo tiempo copioso en significados como vacuo de sentido. Casi, y si se me permite, como el propio concepto de dios.

Por eso, muchos de los problemas que afrenta la cultura, y aquí utilizo cultura como definición de sector económico (instituciones, organizaciones, empresas, trabajadores, etc…) y social (ciudadanos, políticos, analistas, usuarios…), tienen que ver con su propia incapacidad por definirse de manera medianamente consensuada. Cada persona, frente a esa definición del sector cultural, o lo que venimos denominando como el “mundo de la cultura”, tiene una definición propia y personal. Para unos es la escritura y el relato, para otros el mundo del libro, otros piensan en el mundo del cine y el audiovisual, y otros quizá piensan en la fiesta, el ocio y el entretenimiento… la música, el teatro, la danza… y dentro de éstos, todos sus géneros; y luego cultura urbana, la rural, la tradicional… Y así, tantas definiciones como diversidad humana y social existe en nuestras sociedades.

Cada segmento, cada parte de ese conjunto del sector cultural, tiene una realidad propia, material y simbólica a la que se refieren cada vez que hablan de cultura. Como cada vez que una persona habla de “sector cultural” lo hace en función de esa definición propia, con gran dificultad, prácticamente nunca, se llega a una definición común. Pocos son los que tienen la capacidad de llegar a una visión y enfoque transversal y si lo hacen, con probabilidad será poco coherente.

Si esta circunstancia ya complica cualquier construcción unitaria de un sector, añádasele además la complejidad de la lucha de intereses. Pese a que cueste admitirlo, el sector cultural se parece a un entorno biológico donde cada especie lucha por sus recursos en un frágil equilibrio. No se desvela nada que nadie ya no sepa: los recursos son limitados, también y particularmente en el mundo de la cultura, lo que provoca que, en defensa de su concepto de cultura y de sus intereses, todos luchen por acaparar su parte de recursos. Dinero, fama, consumidores, reconocimiento, tiempo, atención mediática, seguidores, votantes, todos son recursos de este particular ecosistema biológico-cultural por los que todo el mundo compite.

Quizá hubo un tiempo en los que esta lucha no era tan feroz, ni los recursos tantos y tan variados, pero hoy es innegable que la diversidad de ese ecosistema cultural ha alcanzado alguna de sus mayores cotas. No debe resultar extraño ya que es el fruto de las sociedades que constituimos: plurales, diversas, competitivas, acomodadas, identitarias…

En estos debates, es frecuente que al mismo tiempo que se reivindica esa falsa unidad del sector, también se reclame un Estado providencia y redentor a imagen y semejanza del que Francia fue modelo. Un modelo en el que se ordenaban los recursos públicos destinados a la cultura conforme a unos criterios que se entendían racionales y de interés general. Pero cuidado, en ese modelo, lo que el Estado hacía era imponer su propia definición de cultura, otorgando recursos a los que entraban en esa definición y despreciando a los que no. Sin embargo, pese a los sueños nostálgicos de una generación, ese modelo lleva años sumido en crisis, sometido a críticas que horadan su legitimidad y cuestionan su eficiencia. Su elitismo y su incapacidad para evolucionar con el modelo de sociedad contemporánea lo postran como un anacrónico sistema de asignación de recursos.

El sector cultural no existe. Quizá esta es una buena conclusión a la que llegar para evitar frustraciones. Existen múltiples, y en muchos casos incompatibles, identidades e intereses en ese sector cultural. Identidades e intereses que, más que con la cultura y nobles valores como nos gusta creer, tienen más que ver con la lucha por los recursos disponibles. Por lo que centrar el debate en las capacidades y aptitudes propias para la captación de esos recursos, en lugar de obcecarse en las disfunciones y desigualdades de recursos del entorno, puede ayudar a resolver problemas y aportar soluciones.

Pero en un entorno tan incierto como el actual, aún bajo el efecto de la Gran Epidemia y de las medidas adoptadas para luchar contra ella, cuesta aceptar que ese entorno no es el maná de recursos que sueña una gran parte del sector cultural. Si el Estado no está ni estará (y esto requiere todo un análisis diferenciado), ¿a qué certezas agarrarse para comenzar a proyectar en el futuro? Repasemos aquí algunas coordenadas:

CAPITAL. El dinero se está concentrando y cada vez se polariza más el acceso a éste. Las grandes estructuras son las únicas que pueden hacer grandes inversiones estructurales porque sólo ellas tienen acceso a grandes recursos económicos. Los pequeños, cada vez más se quedan descolgados corriendo el riesgo de conformar una especie de “lumpenartista”.

NEGOCIO. El capital lo sabe: la fragmentación identitaria de la sociedad y su inmediata traslación al plano cultural dispara las posibilidades de negocio y ganancias. Desde los años 60 todo movimiento social ha sido subsumido por dinámicas del mercado aprovechando las ansias de los individuos por singularizarse y distinguirse.

DIGITALIZACIÓN. El capital también sabe cómo hacer negocio con la tecnología actual. Ya no hay una cultura de masas a las que ofrecerle contenido, sino una multiplicidad de masas con singularidad e identidad propias a las que suministrarles de manera directa y personal los contenidos culturales que necesitan.

Estas coordenadas esbozan, de manera gruesa quizá, el modelo actual sobre el que se construye la producción cultural. Es un modelo que ha sabido responder de manera mayoritaria y eficiente a través de nuevos productos culturales a las necesidades y la diversidad contemporánea de nuestros días. Fuera de este modelo se quedan, sin lugar a duda, muchas definiciones de cultura, amenazadas por una escasez de recursos que se aventura cada vez más perentoria.

En esta cada vez más clara coyuntura, el sector de la cultura puede verse tentado por pulsiones melancólicas y, como se advertía antes, defender la necesidad de una actuación del Estado (y/o en sus versiones regionales) en línea con el modelo de Estado providencia francés, pero esa defensa corre el riesgo de ser extemporánea y conducir al fracaso. Porque el Estado ha entendido también que el sector cultural no existe. Existen intereses, muchos de ellos fragmentados, con representatividad y reputación menguantes, apoyados sobre una base social debilitada y con una economía frágil y vulnerable.

En estas circunstancias, no queda otra opción que reorganizar esos intereses conforme a otras coordenadas y otros objetivos. Conviene luchar por esos recursos disponibles con otras alianzas y entre agentes que reflejen mejor las realidades sociales del momento actual. Buscar así otra representatividad, otra imagen y otros agentes del ecosistema cultural. Cabe reivindicar la propia pluralidad del ecosistema cultura y sintonizarla con la diversidad social a través de su ejercicio cultural. Eso implica usar las instituciones, también las públicas, desde una perspectiva más pragmática y leal. En definitiva, abandonar el ajado concepto de “sector cultural” que se ha demostrado inútil, por el de un actualizado concepto de “sociedad cultural” donde todos, desde nuestra complejidad y diversidad, trabajadores y usuarios, ciudadanos y gestores, creadores y consumidores, todos estemos juntos.

 

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