recambios
Conjunto de piezas que componen un coche. Su identificación ayuda a encontrar eventuales RECAMBIOS.

Si en mayo de 2015 hubiésemos llenado el depósito de nuestro coche con gasolina hasta el 2019, a día de hoy ya habríamos consumido un tercio del depósito, pero, ¿a dónde habríamos llegado? A juzgar por la sensación del esfuerzo realizado, aparentaría haber recorrido un largo trecho. Sin embargo, los resultados, lo que vemos desde la ventanilla todavía se parece mucho a lo que veíamos en nuestro momento de partida.

Cuando en la primavera de 2015 se conformaron algunas candidaturas municipales que se autodenominaron de confluencia, muchas de ellas entorno a Podemos, y otras, sobre todo en periferia, gravitando a opciones locales, parecía entonces que estábamos ante una “ventana de oportunidad” que no sabíamos a dónde conducía, pero que invitaba a ser aprovechada.

Semanas después, las elecciones dibujaron un mapa municipal que aportaba muchas novedades: muchos ayuntamientos, particularmente los de grandes y medianas ciudades, volcaban hacia mayorías de gobierno entorno a esas candidaturas de confluencia.

Las expectativas depositadas en esas candidaturas y por extensión en los equipos de gobierno municipales que luego empezaron a controlar fueron muchas y de gran alcance. En la inmensa mayoría de ellas el mundo de la cultura se había implicado de manera muy visible. Quizá el caso más paradigmático sea el de Barcelona, donde la candidatura de Ada Colau se reforzó y se apuntaló desde diversos grupos activistas de la cultura y la innovación social de la ciudad, como bien analiza y cuenta Xavier Fina en su libro Sensa Treva. Grupos del activismo cultural que supieron organizarse muy bien y recolectar flujos de ideas entorno a una candidata que aportaba torrente político.

Pero el mundo de la cultura también ha estado muy próximo a las candidaturas de Ahora Madrid, donde su influencia se divide entre el Patio Maravillas y el MNCARS, como núcleos irradiadores de personas e ideas. Pero también y a otra escala en ciudades algo más pequeñas como La Coruña, Valencia, Valladolid…

El mundo de la cultura supo mutar sus grandes frustraciones y sus desencantos con la política en ilusión y expectativas hacia las nuevas opciones políticas con posibilidad de gobierno. Y este dato no hay que perderlo de vista para comprender aquel momento. En un periodo corto de tiempo se configuraron candidaturas que eran amalgamas de muchas ideas, sensibilidades y personas. Un periodo corto que, tan solo alimentado con las encuestas y la clara posibilidad, esta vez sí, de gobierno, colocaban las expectativas al nivel más alto de los ideales. Y la cultura se sumó a la fiesta: para idear mundos posibles, nadie mejor que los artistas y los que trabajan con ellos.

Los programas culturales, al menos en lo local, eran unos programas que pretendían contentar a toda la base social: ese sector de la cultura decepcionado que necesitaba recargarse de grandes ilusiones y expectativas. Pero eran unos programas pegados con un pegamento ideológicamente nuevo en estas lides: cultura participativa, ética de los comunes, responsabilidad social y colectiva, sensibilidad popular, etc. Un discurso que, en definitiva, revestido de una gran carga intelectual pretendía ser el nuevo camino de baldosas doradas que condujese hacia Oz, ese lugar en el mundo en el que nos devolveríamos a una Arcadia natal donde todo era feliz y armonioso. Se veía así la posibilidad de corregir, de una vez por todas, los errores que en política cultural habían cometido PP y PSOE, de redimir, así la sensibilidad de izquierdas hacia la cultura. Al menos, por el momento, a escala local, que luego se asaltarían otros cielos más altos.

Sin embargo, esas expectativas y esa supuesta euforia, vistas tan solo desde fuera de las propias candidaturas, se percibían como desmesuradas y desproporcionadas. La cultura no tenía ese papel tan importante en la sociedad. La sociedad no estaba por la labor de conceder, una vez más, crédito a los discursos intelectuales, ininteligibles para muchos, para realizar un enésimo esfuerzo cultural. Todo un error de alcance que poco importa, si lo que contaban eran, marginalmente, los votos de esos ciudadanos concernidos.

Y aquí comienza la desazón y el desencanto, cuando desde esos Ayuntamientos no llegan los cambios esperados. A esa desazón hay que sumarle la ausencia de planificación y un programa de máximos e ideales, sin aterrizaje pragmático y nos dará como resultado el momento actual en lo que a estas políticas culturales municipales se refiere.

Recientemente Jaron Rowan publicaba un libro con el fin de dar respuesta a estas frustraciones y sensación de impasse. Cultura libre de Estado, pretende dar, de una manera, aire a la energía inicial de la que hemos hablado. Los cambios erráticos de personas al frente de las principales instituciones culturales municipales, al menos en Madrid y Barcelona, hunden la mirada. La inconcreción de planes o programas de índole restructuradora. Los concursos convocados para renovar las direcciones de equipamientos culturales siembran más discordia que ilusión despiertan. La gestión a ralentí de las estructuras existentes… y así un largo etcétera de medidas (o falta de medidas) que han lastrado el ánimo de todos aquellos que desde la cultura en su tiempo se animaron a apoyar estas candidaturas.

Si ya parece desalentador el panorama, añadámosle una pizca de victimismo y redoblaremos la dosis de amargura a la que tenemos que asistir. Las mal llamadas “guerras culturales” han venido conceptualmente a ofrecer el sustento anímico necesario de cuando ya se da todo por perdido: “se pierde porque no dejan ganar”. El propio Rowan ofrece una larga contextualización a este fenómeno que él justifica como el hecho que impide a estos ayuntamientos del cambio descender a la política de verdad por tener que quedarse en las luchas simbólicas.

El resultado para muchos, año y medio después, es decepcionante. Pero también a un gran número todavía les cuesta admitirlo públicamente. Hacerlo significa asumir como propio y personal, el error de entusiasmarse. No se ven Plataformas de cultura pidiendo, aunque sea con voz templada, resultados y cambios. Ni se ven a artistas o viejos lobbies reclamando torcer el brazo al decepcionante gobernante local. No se admiten críticas razonadas en entornos profesionales cuando lo que se nos exige es sencillamente fe.

El mundo de la cultura es pueril y caprichoso, al menos en lo que a la política se refiere. Todavía cree, de manera infantil, que los problemas se los crean o se los resuelven los otros, en particular los políticos. Una visión errática que está detrás de activismos políticos del pasado y de connivencias del presente. Tan pronto quieren hacer rehén al poder político para insurgirle determinación en su provecho, como imponen el silencio y la mirada hacia otro lado, si se trata de los propios.

Aun así, otras prácticas son posibles. La exigencia profesional, la rendición de cuentas y el control programático y administrativo, son prácticas que todavía tienen mucho desarrollo en el sistema institucional español. Son prácticas aburridas, que no generan grandes discursos, ni inflan grandes expectativas, más bien al contrario, siempre las están rebajando. Por eso no son nada atractivas. Pero son necesarias.

Necesitamos planes concretos, estrategias claras, mucho más trabajo desde el pragmatismo de la propia Administración, determinación y visión a largo plazo en estructuras clave (hablemos de Madrid Destino), explorar e institucionalizar nuevas formas de trabajar con los profesionales y con la sociedad. En definitiva, partir de lo existente. Hay mucho bagaje en nuestro propio entorno, muchas prácticas que tan solo hay que copiar. Y si no las hay, mejor que inventarlas en foros estériles, hay técnicas para recurrir a la información: política comparada.

En definitiva, parece que los Ayuntamientos del cambio se han quedado a las puertas del cambio, pasmados, como si no pudieran dar otro paso más. Lo que desde estas líneas se reclama es un recambio. Que cambien personas, ideas y prácticas si quieren llegar al final de la legislatura con aliento político. Están a tiempo de incorporar algo de pragmatismo si son capaces de renunciar a algo de idealismo. Para algunos eso será doloroso, para la inmensa población que vivimos en las ciudades gestionadas por ellos será un alivio. Como decían Astrud: “yo cambio de forma, yo cambio de aspecto…”

 

Anuncios