–La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear, porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

–¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.

–Aquellos que allí ves –respondió su amo– de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

–Mire vuestra merced –respondió Sancho– que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

–Bien parece –respondió don Quijote– que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

 

El ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha. Primera parte. Capítulo VII. Miguel de Cervantes

 

 

quijote-Dore Hacer balance de este año de gestión de las nuevas mayorías de izquierdas arremolinadas alrededor de Podemos se convierte en una discusión estéril. O estás a favor o estás en contra, pero eso sí, estés donde estés, has de estarlo visceralmente. Como enfadado.

 

Publicaba Jaron Rowan este texto en el que hacía un balance victimista del pasaje de estas nuevas fuerzas políticas por algunos ayuntamientos. Y aunque se centra únicamente en Madrid y Barcelona, lamenta que pese a la osadía y la valentía de los proyectos políticos originales, éstos han ido amilanándose hasta la cautela y el miedo.

Un desgaste que, argumenta Jaron, tiene que ver con unas cruentas guerras culturales que han doblegado el carácter e ímpetu renovador original.

Este diagnóstico es ampliamente compartido por las bases que sostuvieron y todavía sostienen a las fuerzas políticas que gobiernan estos ayuntamientos. Un diagnóstico de base victimista hilvanado con las quejas hacia unos medios de comunicación hostiles al proyecto. Una conjunción, como se ve, de factores en contra de un bello pero truncado proyecto político.

En cambio, nada más alejado de la realidad. Muchos profesionales de la cultura, y muchos analistas de la política, asistimos a una justificación de una frustración política realizada desde el victimismo. Y es que con el permiso de Cervantes, donde unos ven batallas culturales muchos otros lo que vemos son errores básicos de política.

Para empezar el error de base es asumir la gestión de estos ayuntamientos con un visión sesgada de los sectores. Y si hablamos de cultura, no es lo mismo gestionar “cultura y turismo” de una ciudad como Madrid que gestionar el Patio Maravillas. Hay un vertiginoso precipicio que separa lo uno de lo otro. Me arriesgo a afirmar que no había plan de cultura global, ni estrategia, ni conocimiento previo de la administración, ni complicidades con los sectores ideológicamente no afines. Sencillamente lo que había antes de acceder a los ayuntamientos era un diagnóstico cerrado y compartido por una parte social y profesionalmente muy concreta. Todo encajaba en ese grupo, menos lo que no encajaba. Y si no encajaba, siempre se podría resolver con ideología.

Y ese ha sido el siguiente error, hacer de la gestión municipal de la cultura Ideología, pero en mayúsculas. Y en esto los argumentos de Jaron son muy certeros: es tan fácil hacer ideología con lo simbólico! La obsesión era hacer POLÍTICA cultural, en lugar de política CULTURAL. Un gigantesco descuido al no tener en cuenta a la Administración, que salvo disfuncionalidades y errores, son los que mejor conocen esas realidades. ¿Para qué recurrir a técnicos de la Administración para gestionar los ayuntamientos si existen muy buenos pensadores de la cultura entre las propias filas?. Al fin y al cabo, de lo que se trataba era de sustituir un cuerpo de asesores por otro, de apartar a unos funcionarios y aupar a los afines, de colonizar la institución…

Y después, los errores políticos se han ido sucediendo, y las malas prácticas también: trocear contratos, direcciones artísticas sin concurso, comunicación errática, enfrentamientos estériles pero arduos, incontinencia por controlar los símbolos…

Y ojo!, no hablo nada más que de Madrid y Barcelona.

En definitiva, no son guerras culturales, sino ineficacia política. Algo muy obvio; cuando las expectativas eran tan altas lo único que queda es decepcionar. Una actitud arrogante ha llevado a estos equipos al desgaste, a la cautela y a la inoperancia en el plazo de tan solo un año (¡). Ellos tenían muy claro lo que había que hacer y se han dado de bruces con que tenían que negociar todo, todo, todo. Y para colmo esa última cesión de cultura al PSC en Barcelona, o ese paquete que es el área de cultura que ya está en el buzón del grupo PSM-PSOE.

Hacer de la gestión de la cultura una batalla política es, además, peligrosísimo para la sostenibilidad del sector cultural. Cuantas más cosas metamos en ese toma y daca binario de la política, más cosas extraeremos del área de la gestión, donde muchas de ellas se pueden resolver. Sólo en un entorno pacificado ideológicamente se pueden conseguir avances que puedan ser patrimonializados por un amplio espectro de la sociedad. Ideologizados, lo único que conseguiremos es tensar y perennizar el desacuerdo; cuando menos.

 

En serio, querido lector, no son gigantes lo que vemos, son meros molinos que muelen mecánicamente grano cuando sopla el viento. Tan aburrido. Tan pragmático.

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