Nota de servicio al hilo de la reducción del tipo del (mal llamado) IVA cultural que se aplica a la venta de entradas de espectáculos, conciertos y toros pero que no se plantea (aún) para las entradas de cine.

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Mount Olympus de Jan Fabre a su paso por el Teatro Central de Sevilla. Foto: Wonge bergmann

 

Como se aprecia en el subtítulo de esta entrada, se necesitan varias líneas para explicar la decisión que parece que el Gobierno quiere tomar vía la Ley Orgánica de Presupuestos Generales del Estado aprobada el Consejo de Ministros y que enviará a las Cortes Generales para su debate y posterior aprobación.

Mucho he escrito en estas páginas sobre el tema del “IVA Cultural” y, me temo, mucho más tendremos que seguir hablando en el futuro. Sin embargo, a raíz de esta última decisión fiscal del Gobierno que, de facto es de política cultural, se requieren algunas consideraciones generales que la contextualicen y la relativicen.

Una primera valoración, en línea con la argumentación que he mantenido en este blog, es que la medida genera una desigualdad entre sectores y/o actividades económicas que parece, cuando menos, injustificada. El agravio comparativo que genera la medida tiene un fundamento endeble. ¿Por qué las artes vivas y la música ven reducido el precio de venta de sus entradas y el cine no?. Si por alguna razón se hace una distinción entre lo que puede ser un sector “industrial” (el cine) y de otro lado lo que no lo es (teatro, música y danza), no hay argumentación empírica que lo sostenga. Ni todo el cine es “industria” ni todas las artes vivas y la música son “creación”. En el terreno intermedio se quedan los musicales de gran afluencia, los conciertos masivos de músicas populares, el teatro comercial, etc… Por tanto, si se buscaba diferenciar entre un sector cultural y otro industrial, con la medida se yerra, se generan agravios y situaciones paradógicas. Otra lectura es que la decisión haya sido caprichosa o ideológica (siguiendo esa idea del ajuste de cuentas del PP al mundo del cine), lo cual sería aún más grave.

Una segunda valoración tiene que ver con el valor económico de la medida, o sobre todo con la corrección sobre la medida tomada en el verano de 2012, cuando se decidió subir el tipo. La lectura generalizada de aquella medida estival ha sido que aquella subida de tipos arponó a unos ya de por sí achantados sectores culturales debilitándolos y lastrando su capacidad de crecimiento (o de supervivencia). Vengo argumentando que la tendencia a la baja del consumo cultural es consustancial a la crisis económica y, sobre todo, a un cambio de patrón de consumo cultural. Los hogares españoles han dejado de consumir masivamente los productos de una obsoleta industria cultural (dvds, cds, libros…) y de una cultura que una generación considera “vieja” (teatro, conciertos, danza…) para comenzar a consumir productos y cultura de un nuevo paradigma digital (música y audiovisual en streaming, culturas urbanas, cultura visual on line…). Por tanto, argumentar, que el aumento del IVA de la venta de entradas hundió la industria y los sectores es atribuir a una única causa, importante sin duda, pero marginal, la responsabilidad del hundimiento económico de un sector. Una simplificación que, trasladada a la corrección a la que asistimos hoy, corre el riesgo de volver a errar en el análisis porque…

…como una tercera valoración, no debemos dejar de comentar las dudas sobre cómo se trasladará la reducción del coste de las entradas al consumidor final. ¿Rebajarán los organizadores de conciertos en la justa proporción que se les reduce el IVA las entradas de sus eventos?, o, como cabe esperar, ¿aumentarán su margen de beneficio sobre entradas vendidas?. Y si es así, cosa que no sería del todo negativa, ¿trasladarán parte de ese aumento de beneficios a los artistas mediante la mejora de cachés y remuneraciones?.

Estas dudas nos conducen a recordar una consideración importante: el sector de la cultura, en el ámbito de la producción de bienes y servicios, funciona con el tipo general de IVA (21%). Los autónomos, las empresas prestatarias de servicios, los cachés (generados mediante contratos artísticos), el alquiler de espacios, etc… todas estas actividades no “disfrutan” del tipo reducido del que sí parece que van a gozar a partir de ahora los espectadores/consumidores. Basta recordarlo, sobre todo, para no caer en la simplificación del concepto “IVA cultural” y para volver a situar el acento y el debate sobre las desigualdades que estas diferencias generan. Los beneficiarios directos de esta medida son los organizadores de espectáculos y conciertos de los que, excluido el sector público (un importante contratista en estos sectores) para quienes la caja (pública) es la misma, son los productores y empresarios privados los que más ganan. Y aquí, cuanto más grande se sea, más pingües serán los beneficios.

Habría que señalar, como una última consideración, que la medida del Gobierno se extiende no solo a las artes vivas y a la música, sino también al “mundo de los toros”. Una decisión que tiene un profundo calado ideológico y regresivo. Apoyar de esta manera a un sector crecientemente cuestionado por la sociedad y al que el público paulatinamente va dando la espalda, denota una empatía con sus problemas que ancla al Gobierno en posiciones trasnochadas y conservadoras.

 

En definitiva, la valoración global que se puede hacer de esta medida es que es injusta, al crear diferencias no justificadas entre iguales, genera dudas sobre sus consecuencias económicas ya que no garantiza que esa reducción se traslade a los precios que pagan los consumidores y destila un tinte conservador, esencialmente, por la inclusión del sector de los toros como uno de los sectores beneficiados.

 

Luego, si de una vez por todas, conseguimos superar este debate, quizá podamos hablar de cuestiones más relevantes en términos de políticas culturales. Incluso si queremos seguir hablando de la política fiscal, desde aquí he dado ya algunas ideas que van en la dirección opuesta a lo que el Gobierno plantea. Pero eso sería harina de otro costal.

 

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