bp-tt-width-604-height-346-bgcolor-000000Sus creadores jamás lo hubieran imaginado, pero el IVA levanta pasiones, en particular entre las gentes de la cultura.

Cuando en aquel verano de 2012 el Gobierno decidió equiparar el tipo de IVA para la mayoría de los productos y bienes culturales haciéndolo coincidir con el tipo de gravamen más alto, sin quererlo, dio inicio a una de las creaciones de lenguaje más exitosas de los últimos tiempos: el “IVA cultural”. Un concepto que muy rápidamente se convirtió en funcional, no solo para las personas y entidades que protestaban contra la medida, sino para muchas otras que protestaban de manera más general contra un Gobierno que manifestaba tanta insensibilidad con sus recortes como desprecio hacia la cultura.

Ahora que parece que el Gobierno empieza a dar signos de flexibilidad y lanza mensajes que sondean, sugieren o anuncian unas próximas rebajas en los tipos de IVA aplicables a algunos productos culturales, el nerviosismo cunde en la cancha. De igual manera que cuando se orquestó la subida de tipos todo el mundo reclamaba la exclusión de la lista de perjudicados, ahora que vuelve a plantearse una bajada, todo el mundo reclama su inclusión en la lista de los beneficiados.

El mismo Ministro, Cristóbal Montoro, que anunció la subida de tipos allá por 2012, lleva el inicio de esta legislatura haciendo gestos de flexibilidad. Algunos ya acordados con el conjunto de los otros países europeos, como es el caso de la equiparación del IVA de libros y revistas digitales al de los formatos de papel. U otros anuncios como la inminente reducción del IVA para los espectáculos en directo, en cumplimiento de lo acordado con el pacto de investidura con Ciudadanos.

Los anuncios de Montoro conllevan, como no podía esperarse de otra manera, su rosario de reacciones. Quizá la más llamativa (y la que me ha conducido a escribir esta pequeña nota) haya sido la reclamación por parte de los empresarios del mundo de la noche de que Hacienda los incluya en la lista de actividades que se consideran “espectáculos en directo” ya que “por respuesta popular, éxito social, vanguardia e innovación, la actividad creativa de los Dj’s, productores y artistas ha hecho de los espectáculos musicales una de las señas de identidad y manifestación cultural de las sociedades occidentales”, señalan.

¡Claro! Y es que, argumentado así, parece lógico. O, ¿es que nos queremos poner ahora a discutir quien no y quien es cultura? ¿En serio nos queremos meter en esa discusión?, porque entre otras cosas en estos últimos años, el mundo ha cambiado mucho, y algunos aún no se han dado cuenta.

El debate ya había comenzado hace unas semanas cuando el sector del cine tomó nota de que la venta de entradas de cine no se beneficiaría de la cacareada bajada de tipos. Una nueva desafección comparativa de Montoro para con un sector al que le tiene ojeriza, interpretaron algunos. Sea como sea, parece que en las próximas semanas hablaremos todavía más del IVA cultural.

Pero puesto que vamos a tener que hablar todavía más si cabe de un tema tan manido, me gustaría añadir algunos enfoques al debate:

  1. Por una parte, volver a insistir en la inexactitud del término “IVA cultural” y de cómo ciertos sectores de las industrias culturales se escudan detrás de él para revestir de “reivindicación cultural” o incluso ideológica, lo que no es nada más que una defensa velada de intereses muy concretos.
  1. Una vez conscientes de lo anterior, nos convendría hacer una reflexión menos desprejuiciada y autónoma sobre la pertinencia de no tener excepciones impositivas en el seno, no ya solo de nuestro sistema impositivo, sino ya más concretamente en el ámbito cultural. ¿Por qué una entrada para ver a Justin Bieber debe pagar un 10% de IVA y yo como autónomo todo mi trabajo intelectual lo tengo que gravar al 21%? ¿Qué justifica esa diferencia? O, ¿por qué un espectáculo programado en un teatro se paga a los artistas mediante caché o liquidación de taquilla con un 21%, y sin embargo las entradas que venden a los espectadores lo hacen al 10%? Considero que tender hacia un sistema impositivo en el que existan menos excepciones lo hace más justo y equitativo. Además, que el sector de la cultura trasladara así a la sociedad un mensaje de compromiso con el esfuerzo fiscal, sería positivo y ayudaría a recuperar la credibilidad perdida ante amplias capas de la sociedad.
  1. Lo cual nos debe permitir liberarnos del humo que el IVA cultural significa a la hora de dilucidar y analizar los problemas del sector cultural. Un análisis económico del impacto de la subida de tipos del IVA en 2012 nos llevaría, como se ve en los gráficos (cortesía de Pau Raussell @PauRaussell) a afirmar que hubo un impacto en precios, pero que la tendencia se mantuvo estable en el consumo cultural. Entonces, ¿podemos hablar ya de cómo han cambiado los patrones de consumo en los hogares?, o ¿del desigual reparto del gasto público en cultura en las diferentes Administraciones?, o ¿de la obsolescencia y escasa capacidad innovadora de las industrias culturales del país?
  1. Por último, un argumento político. Si aceptamos la equidad de tipos, tal y como decíamos en el punto dos, la posición del sector de la cultura se fortalecería a la hora de reclamar un mayor y más eficiente esfuerzo económico de los presupuestos públicos respecto a cultura. Es decir, si la cultura contribuye, como el que más y como cualquier otro sector económico, ¿quién le impide legitimidad para reclamar el retorno de más y mejores recursos en inversión pública cultural?

 

En definitiva, cuando en las próximas semanas vuelva a estar de actualidad este erróneo concepto de “IVA cultural”, aprovechemos e intentemos superar el paradigma en el que nos quedamos anclados en el 2012. Algunos lo necesitamos.

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