Obra de Jimmie Durham
Obra de Jimmie Durham

Me van a permitir un pequeño desliz pesimista, que prometo que no durará más de lo necesario.

Cuando inicié las páginas de este blog con el post “Por qué ya no trabajo en cultura?” pretendía explicar mi situación de impasse personal/profesional a partir de las herramientas que yo sí sé utilizar para hablar de cultura: un riguroso análisis de datos para fundamentar, en su caso, una opinión. Aquel post evocaba la carta con la que Don Draper (Mad Men) explicaba en público mediante una carta al New York Times por qué su agencia de publicidad dejaba de trabajar con tabacaleras. Por qué no explicar lo mismo sobre lo que me sucedía en mi ámbito laboral?

Dos años más tarde me encuentro ante ustedes proponiéndoles un texto muy parecido a aquel texto fundacional. Las secuencias de tiempo son cortas o son largas en función del objeto que se analice, así estos dos años no han dado para mucho, pero sí han significado mucho. Sin ánimo de hacer aquí un repaso de mi situación personal/profesional, me aventuraría a decir que nada de lo que dije hace dos años ha perdido valor, más bien lo ha reafirmado. Y en lo personal, si no fuera por el esfuerzo y apoyo de amigos (que mantienen la confianza) y de la graciosa generosidad de la Fundación Márquez Martín de la Leona, todo el trabajo que hago de investigación, publicación y divulgación se perdería en la lluvia, como dos gotas de agua (mis palabras favoritas del monólogo final del replicante Roy Batty en Blade Runner). Lo reconozco, el desánimo, o la melancolía, es una gangrena que avanza con el tiempo.

Y sumido en esos velos de melancolía leo unos monumentales análisis de Elena Vozmediano publicados en su blog de ElCultural en dos entregas (aquí la I y la II). Elena se ha atrevido a analizar con profundidad y amplitud de campo, con metodología y análisis periodístico, la realidad más común del empleo cultural, sobre todo aquel que es “contratado” como obra y servicio de instituciones públicas. Qué voy yo a añadir a lo que la lectura de esos dos textos permite entender con tanta claridad? Que extienda el análisis al sector audiovisual para ver el mismo fenómeno? Que se fije también en las artes vivas y verá como precariedad y salarios bajos son la constante del grueso del empleo? Hablamos de los oficios de gestión y administración cultural? Y cómo no va a ser así en cultura, cuando ni universidades ni centros de investigación escapan a estas lacerantes tendencias?

Al mismo tiempo me sumerjo en este esclarecedor estudio elaborado en Francia por el Institut national de la statistique et des études économiques sobre los “no asalariados en las actividades culturales”, algo así como el personal no contratado en las actividades culturales. Exactamente el mismo objeto de análisis que perseguía Elena Vozmediano, eso sí, en Francia. Y constato con cierta tristeza que también en Francia el fenómeno de la precarización se extiende en el ámbito de la cultura. Ya no nos queda ni París!

El fenómeno de la precarización es un hijo bastardo de la desigualdad. Vivimos tiempos en los que asistimos a un obsceno desguace del Estado del Bienestar sin oponer ni crítica ni alternativa que convenza al conjunto de la sociedad. La sociedad asiste a este desguace debilitada y empobrecida, no sólo materialmente, sino moralmente, de ahí su incapacidad de reacción.

Y aunque la precarización afecte a toda la sociedad y a todos los sectores, hay alguno con el que se ceba mucho más: la población joven. Una población que sufre con mayor crueldad la brutal dualidad del sistema laboral español que protege a unos trabajadores, los indefinidos, (más comunes en población mayor) y desprotege a otros, los temporales, (más comunes entre la población joven). Desde Politikon llevan años denunciando esta situación y reclamando medidas correctivas de esta dualidad como son el contrato único. Lean sus textos y aprenderán mucho de lo que estoy hablando.

Esa precariedad no es el único de los rayos que no cesan y que golpean a los jóvenes. El tapón generacional que impide hacer carrera profesional, en un país con profesionales atrincherados en el “que no me quiten a mi lo que tanto me ha costado ganarme”, no ayuda a la evolución y regeneración natural de nuestro sistema. Si no, fíjense en la evolución del empleo cultural en los últimos dos años de los que tenemos cifras y verán la evolución por grupos de edades. Desalentador, no?

Empleo cultural

Llegados a este punto, vivimos en un país en el que los jóvenes, por muy formados que estemos, no somos nada más que mano de obra barata, fácil de motivar y de asustar, mercancía de ilusiones y residuos de una mal implantada modernidad. El debate se convierte así en un alegato generacional: es este el futuro que queréis de nosotros? Para esto os habéis gastado tanto dinero: para formar costosamente una mano de obra baratísima? No seréis vosotros, las generaciones precedentes, la generación fracasada, la que no ha sabido crear un entorno de oportunidades para los más jóvenes? Por qué os aferráis egoístamente a vuestros privilegios y abandonáis a nuestra suerte a los que en el futuro deberíamos ser solidarios con vosotros? …

Pero para volver de nuevo al debate de cultura, donde lo inicié, una reflexión que se convierte en una conclusión se me revela evidente, sobre todo para los que, más jóvenes, os incorporáis a esto,o tenéis voluntad de hacerlo: para qué os formáis en cultura, en estudios artísticos, en gestión cultural? No lo hagáis, nadie os necesita con esa formación si tan solo seréis cuerpos, en definitiva, cuerpos a explotar. Diluid el sueño de dirigir la Tate Gallery o el Museo del Prado! Esos olimpos están reservados para aquellos que juegan en otros clubes que no son las universidades (menos las públicas). No necesitáis una formación que no os hará más libres, sino más rehenes de vuestra propia suerte y decisiones.

Si de verdad queréis trabajar por la cultura, invadid el sistema educativo, llenad los partidos políticos de gente nueva, colapsad el registro de asociaciones del Ministerio del Interior, e innovad, innovad e innovad. Las fórmulas, los caminos que nos diseñaron las generaciones de nuestros mayores, son como esos caminos de la yerma Castilla por donde antes circulaban carros diarios y hoy no son nada más que linderos entregados a las malas hierbas por donde apenas cruza un tractor al año. Obsoletos!

Me disculpo ante el lector por este inusitado pesimismo fruto también de un analista precario al que sus lecturas, sus conocimientos y sus escritos se le atragantan a veces, y no precisamente por que le den de comer.

Si el futuro tiene que ser, que sea, que los del presente lo enviaremos al pasado.

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