Por qué ya no trabajo en cultura (artes escénicas)?

Hago una excepción y escribiré de cultura. Esta entrada es un punto kilométrico de referencia en mi biografía. Una especie de lugar que marca el de dónde vengo y la salida al dónde voy.

Hace ya algunos meses que no estoy vinculado a ningún proyecto cultural de este país. En esta situación, varias veces me he preguntado: pero, por que ya no trabajo en cultura? No sé si tengo mucha fortuna con las respuestas, pero creo que intento hacer eso que llaman “un cuadro objetivo de causas”. Aunque este análisis viene marcado, como no podía ser de otra manera, por una experiencia de 10 años como gestor cultural especializado en artes escénicas, mucho me temo que es extensible al conjunto del sector cultural.

He identificado algunas causas que podríamos llamar aparentes. Son todas aquellas que a los gestores culturales nos gusta identificar, analizar y valorar. Son aparentes porque son perceptibles y objetivas:

1/Destrucción de empleo. Como todos los otros sectores, la cultura también pierde empleo y aunque las cifras ya son elocuentes, es probable que aún no hayamos tocado fondo. El poco que se crea ni tan siquiera remplaza al que se destruye. Desaparecen estructuras y con ellas debilitan las de su entorno y dependencia.

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2/Precarización de las condiciones salariales y de trabajo. No solo se han producido reducciones de salarios y otras remuneraciones, sino que también se está produciendo una precarización paralela de los trabajadores de la cultura. El recurso a la figura de “autónomos”, tal y como sucede en otros sectores, reduce los costes laborales de las empresas a costa de las prestaciones sociales de los trabajadores.

3/ Disminución de la actividad económica en cultura. Solemos fijarnos en la disminución de la financiación pública de la cultura, siempre tan visible y escandalosa, pero nos olvidamos de la financiación privada. Las Administraciones Públicas han reducido todas sus partidas presupuestarias y cultura no ha sido menos. La desaparición de las Cajas envía al infierno del olvido sus Obras Sociales, eso sí, antes vaciándolas de recursos. Pero el dato más preocupante es que los hogares, los ciudadanos, también están haciendo un fuerte ajuste en sus gastos culturales.

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Todas estas causas explican en parte el por qué ya hay muchos que hemos dejado de trabajar en la cultura. Analíticamente las podemos identificar como fruto de la coyuntura. Una situación de crisis económica profunda que deja unas profundas mellas en los sectores económicos. Para buscar algún símil, estas causas serían esas urbanizaciones a medio construir y abandonadas que encontramos por doquier de la geografía española. Esas estructuras dejan ver una economía que se fue, esos constructores arruinados, esos “inversores” que volatilizaron sus inversiones, esas promesas que no llegarán…

Sin embargo, lo que quiero proponer es otra aventura algo más arriesgada. No quiero que veamos el paisaje devastado por esos esqueletos de ladrillo y hormigón. No quiero que nos quedemos en los datos y os propongo que miremos qué le ha sucedido al ecosistema donde se hundieron los cimientos de esas carcasas: los acuíferos, la población, los otros seres vivos del entorno, el uso de la energía… En definitiva, y dejando de lado el símil, quiero concentrarme aquí en esas otras causas menos aparentes que han provocado o están provocando cambios en nuestro ecosistema cultural. Son causas en las que no siempre nos fijamos los analistas o los gestores culturales porque nuestros entramados relacionales o de intereses nos llevan a ser muy cuidadosos. Sin embargo los verdaderos cambios que nos están afectando no son coyunturales sino estructurales, y son los que más crudamente afectan a la evolución de la cultura en lo general y en mi experiencia, en lo particular. A saber:

1/ La Administración está pervirtiendo e instrumentalizando la cultura. Este hecho no es nada nuevo, pero lo que antes era un efecto colateral de la intervención de las políticas públicas en cultura, ahora se ha convertido en objetivo e instrumento de las mismas. Los diferentes niveles de la Administración Pública que gestionan la cultura en nuestro país han dejado, salvo excepciones, de velar por el interés general en materia de cultura. O lo que es lo mismo, han pervertido el concepto “interés general”. Ahora preocupa la visibilidad y rentabilidad económica, política y social de la inversión pública en cultura. Y para que así sea, se fiscaliza a los agentes culturales que reciben dinero público. Se impone la lógica del “ponme mi logo ahí” a la de la “discreta mano que da impulso”. Se instrumentalizan las estructuras (festivales,  museos, compañías y teatros públicos, autores subvencionados, artistas, largometrajes…) para ponerlos al servicio de las ópticas más pervertidas y a veces incluso ideologizadas. Se desprecia la profesionalización y los criterios independientes no utilizando la fórmula del concurso de ideas para suplir las direcciones y la gestión de estructuras y proyectos. Se favorece el clientelismo político y regional en los contratos programas, explícitos o tácitos, de estructuras de todo tipo a lo largo y ancho del país. En el mejor de los casos se malgastan recursos a favor de estrategias inútiles e improvisadas (internacionalización, focalización turística, etc.) a golpe de acciones aisladas, incoherentes y dopantes para los sectores culturales. Se mantienen sistemas de subvenciones y ayudas públicas que no han sufrido una revisión de objetivos desde hace décadas contribuyendo así a la obsolescencia de un tejido fuertemente dependiente de la Admon. Y quizá lo que ha venido siendo lo más grave: en un país con una difícil construcción de la legitimidad legislativa y competencial, todos los niveles políticos han renegado de su capacidad normativa abandonando así al sector de la cultura a un limbo competencial y administrativo en el que sólo en algunos honrosos casos la Admon más cercana (la local) ha sabido responder. Como consecuencia de todo esto se puede decir que vivimos en un país donde no ha habido política cultural coherente, coordinada y continuada ni del Estado –en lo poco que le compete- ni en las CCAA, en lo mucho que prometen, en todos estos años de democracia.

2/ Erosión del estatus del artista. Si hay algo que diferencia culturalmente a Europa del resto del mundo es la concepción que tenemos del artista. Esa concepción pasa por respetar su libertad de creación. Y respetar aquí, en Europa, no quiere decir aquiescencia, sino involucración. Queremos que los artistas trabajen la excelencia desde su libertad y sin coacción. Y para ello hemos construido instrumentos sociales que se lo permitan, ya sea las políticas públicas, las fundaciones, los museos, los teatros, las entradas o los derechos de autor, entre otras cosas. Pues bien, todo eso está cambiando. En estos momentos ese estatus del artista empieza a erosionarse por sus diferentes aristas, en Europa, pero muy particular y aceleradamente en España.

En un claro paralelismo socioeconómico, en la comunidad artística, hasta hace muy poco existía un estrato mayoritario que era el intermedio; el que estaba formado por todos aquellos artistas-autores que no pertenecían al estrato de las grandes estrellas mediáticas, pero que tampoco eran los emergentes y precarios, el estrato inferior. Este segmento podía vivir de su trabajo gracias a los instrumentos sociales que antes he citado. También, este segmento funcionaba como el mejor ascensor del éxito cuyos botones eran: el mérito, la excelencia y el trabajo. Pero progresivamente, desde hace algún tiempo, esto ya no es así. Ese segmento intermedio se estrecha enviando a todos esos artistas-autores a la parte de abajo, pero también aislándose cada vez más de la parte alta, la de las estrellas mediáticas. Dicho de manera visual, ahora el artista-autor, si quiere vivir recreando su trabajo tiene en cambio que hacer de camarero en sus ratos libres y servir en las terrazas de turistas.

A esta degradación ha contribuido mucho el fortalecimiento de un nuevo instrumento que cuenta incluso todavía hoy, con Direcciones Generales en cualquier departamento político que se reclame de cultura. Y me refiero a las “Industrias Culturales”. Promocionadas por la Admon, se presentan como la panacea, la simbiosis entre economía competitiva y creatividad. Éstas han incidido en la dimensión económica de lo cultural relegando a su vez la dimensión social y filosófica de lo artístico a un segundo plano.

En estas circunstancias el espacio más seguro donde se refugia “lo artístico”, en muchos sectores culturales, es el frágil pero de alguna manera prometedor tejido “alternativo”: pequeñas editoriales, productoras, microteatro…

3/ Blindaje y estancamiento generacional en las ideas, los gestores y los artistas. En estos últimos años de crisis, al contrario de lo que se podría desear, se ha producido un blindaje de una generación de artistas y gestores provocando así un estancamiento y un bloqueo en el lógico recambio generacional. Ese necesario flujo generacional ha sido bruscamente interrumpido al expulsar a los más jóvenes del acceso a las responsabilidades de gestión y también a los jóvenes artistas-autores al sistema. Para agravar aún más esta situación, los que se ven expulsados son precisamente los más preparados y capacitados, los menos dóciles del sistema y los más exigentes. Estamos aquí ante una nueva manifestación de la dualidad del mercado de trabajo, pero también ante una disfunción del sistema cultural que no ha sabido alentar y proteger su propia regeneración. Las consecuencias de este hecho son de larga duración y todavía están por ver los efectos en el sistema artístico y en la estructura de producción, pero no hay que ser muy avezado para adivinar algunos de ellos.

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4/ Obsolescencia artística y acomodación del gusto. En España la gestión de los recursos destinados a la producción y de las diferentes plataformas de difusión son tendentes a la obsolescencia artística y a acomodar los gustos estéticos de los ciudadanos. No hablo aquí sólo de la confrontación de estéticas contemporáneas a las clásicas, que también, sino de una lógica defensa de la cultura como un tejido vivo, plural y contradictorio que acoge y armoniza todos los gustos propios de una  sociedad contemporánea y abierta como la nuestra. Sin embargo, la visión de las élites gestoras siempre ha sufrido un sesgo conservador y restringido (no plural) en los gustos que ha generado con carácter general y exceptuando las grandes ciudades con una mayor oferta, unos contenidos marcadamente dirigidos a un segmento de la población, el suyo, el de la élite gestora, abandonando en consecuencia a los otros muchos segmentos sociales. Y eso comporta sus problemas: reducción de la diversidad por efecto mimético en los formatos, envejecimiento de públicos o audiencias, marginación de minorías culturales, brecha digital, etc.

En definitiva, la conservación social y cultural se ha convertido en el eje transversal de nuestra sociedad en crisis. Conservar, resistir, aguantar. A este tren ideológico se han subido políticos y las Administraciones que controlan, la parte de la sociedad que los respalda y muchos de los agentes culturales todavía en activo. Pero hay una forma de ver la cultura y el arte que no pasa por conservar, sino por progresar, eso sí, asumiendo la complejidad y la diversidad y entendiendo que la cultura sólo es cultura si se entiende como un bien público. Y por eso para mucha gente de mi generación y mucha otra de otras generaciones nos resulta tan difícil encajar en este entramado cultural. Ante esto, algunos de nosotros buscamos soluciones fuera de la cultura, otros lo siguen intentando desde dentro. Pero todos, como si asumiéramos que algún día habrá que construir algo nuevo, esperamos convencer y que los tiempos cambien.

David Márquez Martín de la Leona, abril 2013

(Los datos y gráficos que he utilizado son del Anuario de Estadísticas Culturales 2012 del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes)

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