The Deluge BViola-2002
“The Deluge”, Bill Viola, 2002

Après nous, le déluge! -le dijo Madame de Pompadour a Louis XV para animarle tras la batalla de Rossbach. No se le ocurrió a la amante del rey una mejor frase que esta con la que afirmaba que, después de todo, y a pesar de todo, todo irá peor. En fin, toda una paradoja de optimismo entre el pesimismo que también podríamos hacer nuestra para referirnos a nuestros tiempos “culturales”.

Nos hallamos pues en una fase de recuperación, de reconstrucción que, en lo que se refiere al ámbito de cultura, más bien es tímida o apenas perceptible. Si tan solo nos fijamos en el gasto público que las administraciones dedican a cultura[1], en 2015 ese gasto del conjunto de las Administraciones ha recuperado el nivel de 2004. Y si lo comparamos respecto al mejor año de gasto público, 2008, la recuperación apenas alcanza el 67%. Así pues, con estos datos, interpretaciones hay para todos los gustos.

 

[1] En los años 2013 y 2014 no existen datos de gasto de las Administraciones locales de País Vasco y Navarra, por lo que, para la comparativa de la serie, no se incluyen los datos disponibles del resto de Administraciones locales. Sin embargo, 2015 vuelve a contar con todos los datos completos.

Es innegable que estos últimos años han dejado una profunda huella, pero pocos indicios tenemos de que hayamos encontrado una nueva fórmula providencial para producir, gestionar y disfrutar la cultura del futuro. Más bien, recuperando a Mme. de Pompadour, nos encontraríamos en una situación de un falso optimismo con raíces en el pesimismo. O a la inversa, según se mire. La doble crisis a la que culturalmente nos hemos enfrentado en estos últimos años, brutalmente económica, por una parte, y también como consecuencia de los acelerados cambios tecnológicos, por otra parte, ha dejado ver las debilidades del viejo paradigma cultural, y al mismo tiempo nos impide ver todavía con nitidez las ventajas del futuro.

Ante esta situación el estado de ánimo cultural de nuestras sociedades se sitúa entre la melancolía y la revuelta. Es fácil caer en una visión nostálgica y melancólica que nos lleve a un cierto inmovilismo conservador que se caracteriza por estar a la espera de que todo pase para que todo siga igual que antes. Pero también es habitual distinguir a nuestro alrededor actitudes críticas más vinculadas a las emociones que a las razones.

Entre medias han aparecido algunos terrenos fértiles de pensamiento que han comenzado a regenerar en algo el yermo campo cultural de nuestros días. Destaca la línea de pensamiento y acción sobre cómo desarrollar los aspectos más sociales de la cultura regenerando así el vínculo entre creadores y sociedad. Lo mismo podemos decir sobre lo mucho que está aportando al mundo de la cultura la crítica feminista que reclama una verdadera igualdad de oportunidades. Una igualdad que se reivindica extensible a otras minorías y a todo tipo de comunidades e identidades en un sano ejercicio de aplicación radical de la lógica democrática. Y, por citar otra de las tendencias constructivas más destacables de los últimos tiempos, mucho contribuye a la consolidación económica del sector cultural las reivindicaciones de mejoras en las condiciones de trabajo y salario de todos los profesionales de la cultura.

Sin embargo, todas estas cuestiones apenas logran trascender el debate sectorial. Y cuando ni tan siquiera llegan a trascender al sector, muchos de los debates se quedan encerrados en el más claustrofóbico y endémico mundo académico. Nos hallamos así ante la imposibilidad de generar un debate, unas propuestas o unas ideas, que ayuden a definir el paradigma cultural de nuestros tiempos. Para ser todavía más claros, estamos hablando de la constatable (in)trascendencia de la cultura para la sociedad. Pero también hablamos de nuestras capacidades, como sector cultural para incidir en el debate público. Y si encontráramos explicaciones a este diagnóstico, inmediatamente después deberíamos preguntarnos sobre qué es lo que podríamos hacer para revertir esta situación y evitar así caer en el optimismo pesimista del que hace gala el título de este artículo.

Por estas razones, hoy, diez años después del comienzo de la crisis no podemos sino afirmar que aún estamos en el diluvio. Y, si no queremos asumir como propia la frase de Mme de Pompadour y afirmar así que después de nosotros no queda nada más que todavía más diluvio, hemos de enfrentarnos a decisiones y actitudes estructurales valientes. Asumamos, y esto sería lo más honesto, que no sabemos cuál es la cultura que queremos, pero sí que sabemos, porque así nos lo indica la sociedad, qué prácticas culturales y artísticas son las que podemos realizar. Enfrentémonos pues a cambios, reformas y avances tanto en la micro escala política, como en los niveles más altos. No hay duda de que, pese a que sean tímidos, los signos de recuperación y cambio están iniciados. Tan solo no debemos cometer la torpeza, como la que sí cometimos durante la época de la abundancia de recursos de años pasados, y orientar nuestras decisiones para que resulten decisivas y exitosas. No sé si resolveremos el problema de la conexión cultura-sociedad, pero al menos reaccionaremos así ante su desconexión.

Déjenme proponer algunas de ellas para comenzar el partido y distribuir juego:

  • Reconocer la gobernanza multinivel de la cultura en nuestro país y clarificar la estructura competencial y dotacional de manera que nos permita una administración pública de la cultura más eficiente. Después de décadas de constante volatilidad en el ámbito competencial y de desarrollo de políticas públicas en materia de cultura quizá ya es tiempo de estabilizar el modelo español…
  • …porque no hay nada de negativo en asumir que el liderazgo en política cultural actualmente corresponde a la Administración de mayor proximidad, a los entes locales, y particularmente a las ciudades. Si se observa bien los gráficos anteriores se apreciará que la Administración Local es la que mejor ha aguantado el chaparrón y más enérgicamente ha recuperado la inversión. Pero es que además es la que está generando mayor innovación en materia de políticas culturales de los últimos años, paradójicamente, sin distinción ideológica.
  • Actuar en esta escala local nos llevaría a asociar de manera más eficiente las políticas públicas en materia de cultura a otras políticas públicas como por ejemplo la política social, la educativa, de bienestar, etc.. Políticas todas ellas que redundarían en el carácter útil y benéfico de la cultura para el conjunto de la sociedad.
  • Articular mecanismos que nos permitan comparar modelos de políticas públicas en materia de cultura tanto a escala local como autonómica. De esta manera, cada iniciativa autónoma, como suelen serlo las iniciativas locales, se convertiría en un laboratorio de políticas públicas. Y hay algo eminentemente positivo en contar con múltiples laboratorios compitiendo por el éxito de sus ensayos. Cuando uno ensaya ha de haber investigado antes, y si le sale bien la prueba, ésta se puede replicar y mejorar en otros laboratorios. Es el método científico aplicado a las políticas culturales.
  • Acometer de una vez por todas una reforma en profundidad de la Administración General del Estado en materia cultural para adaptarlos a la realidad administrativa del país y a las necesidades de los sectores culturales y de la ciudadanía. Se trata, en definitiva, de adaptar estas administraciones (Ministerio de cultura, Instituto Cervantes, AECID, AC/E, Patrimonio Nacional…) a su nivel subsidiario de captación del interés público y ponerlo al servicio de todos los administrados del Estado. Y aunque esta propuesta resulte muy técnica y administrativa, se puede entender que lo que reclamo es una modernización de la acción del Gobierno Central en materia de cultura.
  • Es necesario adoptar nuevos valores y nuevas estéticas en la formulación de las políticas públicas culturales, sean del nivel administrativo que sean, de manera que se integren conceptos de cultura y valores estéticos de los jóvenes. Se trata de alinear el gasto público con criterios de servicio público al conjunto de la población, considerando esa cultura que para muchos (generacionalmente mayores) no es cultura objeto también de gasto público.
  • Estimular, acompañar y favorecer la reestructuración de la vieja industria cultural (libro, disco y vídeo) hacia la nueva industria que se desarrolla bajo el paraguas digital con sus diferentes variantes tecnológicas.
  • Introducir mejoras en la gobernanza y en la gestión de la cultura con el fin de generar mayores y más eficientes espacios para la gestión y la toma de decisiones técnicas.

Y todas estas no son nada más que ideas, como decía, para comenzar el debate. Todas ellas necesitarían muchísimo más desarrollo, mucho más rigor y contraste en cuanto a su plasmación. Pero si con su sola enumeración lo que conseguimos es un cambio en el estado de ánimo, parte del objetivo está cumplido. Lo que no podemos admitir es regocijarnos en una sensación de impasse. Más bien, ya que en recuperación nos hallamos, no debemos desaprovechar la oportunidad de introducir en la agenda pública temas de política cultural, de redundar en el carácter práctico y útil de la cultura, de marcar una nueva hoja de ruta que busque ser compartida por una base social ancha e ideológicamente variada. En definitiva, es una búsqueda de sobrevivir al diluvio y su visión apocalíptica. Dándole a vuelta a Mme de Pompadour y parafraseando a Rimbaud, sólo lo podría expresar así: Después del diluvio… nosotros!

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