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Dos individuos forcejean en un escorzo que muestra la debilidad de sus fuerzas y la inminente caída.

Es difícil hablar en estos momentos del problema catalán intentando aislar los sentimientos, emociones y posicionamientos personales. De hecho, en la medida que este problema nos afecta o nos afectará a todos en la identidad colectiva, en la confianza y en la autoestima, lo incomprensible sería permanecer al margen. Con estas líneas quiero contribuir, desde el pesimismo que la actual situación provoca, a madurar alguna reflexión sobre lo que tan convulsamente estamos viviendo en y con Cataluña.

Los acontecimientos de los últimos días han acelerado un proceso de confrontación de legitimidades entre Cataluña y el Estado y han provocado graves fracturas sociales, no sólo en Cataluña sino también en el resto de España. La sociedad se ha ido dividiendo conforme los acontecimientos parecían exigir un realineamiento personal, como si hubiéramos entrado en una lógica de confrontación bélica, entre uno y otro flanco del conflicto. La sensación es de estar cabalgando abruptamente a lomos de la Historia, sin control de las riendas y al albur de su capricho (o de los actores principales en el actual capítulo).

La aceleración y radicalización que el denominado “procés” ha adoptado en las últimas semanas y la reacción cohercitiva del Estado han provocado que lo que antes eran posicionamientos ideológicos ante el propio independentismo y por tanto pertenecientes al ámbito político, ahora muten en emociones y sentimientos. Un terreno, el emocional, que conjuga muy mal con los procesos racionales de toma de decisiones y que propician el encuentro con el error. De esta manera, asistimos atónitos a acontecimientos que desde una u otra perspectivas en el conflicto, nos resultan inauditos, esperpénticos e irracionales. Una cadena de hechos y sucesos que cincelan las diferentes fracturas sociales y ahondan en un distanciamiento e incomprensión entre partes de Cataluña y de España.

Decía E. Burke que “las maneras son lo que nos indigna o tranquiliza, corrompe o purifica, eleva o degrada, nos hace bárbaros o nos refina, en virtud de su acción constante, regular, uniforme e imperceptible, como la del aire que respiramos”. Pues bien, siguiendo este argumento, el conflicto catalán, ya es clarísimamente cultural, donde lo que se confronta no son sólo ideas políticas sino, en definitiva, formas de hacer las cosas. Mucha gente actúa, por encima de la legalidad, porque consideran que ésta es injusta, generando así un nuevo marco formal que pertenece más al ámbito cultural (o social) que al jurídico. Y esto nos trae a unos y a otros sin cabeza.

Es este culturalismo formal el que ahora lleva a justificar la brecha, la fractura, entre Cataluña y España. Un argumento que diría: Cataluña ha sido, es y será culturalmente muy diferente al resto de España, anclada en la irreformabilidad y el autoritarismo, por lo que el camino es la independencia. Las expresiones sociales acontecidas en las últimas semanas sirven de expresión a esta nueva formalidad, distinguiblemente muy diferente de la legalidad y la democracia liberal.

Aunque, también habría que decir que, ese enfoque culturalista, en el que se reconoce la diferencia cultural catalana, más bien siempre ha servido para templar, hibridar y mejorar ambas esferas culturales y sociales. De otro modo, las reivindicaciones catalanas de respeto y justicia respecto a su diferencia, siempre han apostado por las terceras vías para buscar su encaje con la esfera cultural española.

Entonces, ¿qué es lo que ha ocurrido para que ahora ya no se apueste, una vez más, por una tercera vía ahondando en las diferencias entre las dos esferas culturales? En mi opinión, lo que ha faltado es escucha, o lo que es lo mismo, el repliegue de ambas comunidades en sus propios postulados culturales, ignorando así los cambios y los requisitos de la otra parte. El Estado ha dejado de escuchar las reivindicaciones catalanas (más o menos mayoritarias, pero representativas de un número importante de ciudadanos) y, de otro lado, una buena parte de la sociedad catalana ha dejado de ver al Estado como un prestador de servicios y garante fiable.

Así, si la fractura entre Cataluña y el resto de España persiste y se ahonda, asistiendo a etapas y situaciones futuras aún más complicadas, no es descabellado aventurar los altos costes que se deducirían para ambas partes. Cataluña perderá, sin duda, pero quien más perderá es España. En este conflicto lo que está en juego es nuestra idea de comunidad. Revelada ya la naturaleza cultural del conflicto, ahora más que nunca, algunos aprovechan para definir las líneas que separan el nosotros del vosotros/ellos. Desde señalar qué conciudadano vota o no en el seudo-referendum, firma o no manifiestos, o se manifiesta o se queda en casa, hasta qué vecino pone o no la bandera española en el balcón, quién aplaude o no a la guardia civil, o quién firma también cualquier otro manifiesto.

En este contexto, cabe preguntarnos si aún somos y estamos en la misma comunidad, y lo que es más importante, si actuamos en consecuencia. Porque si es así, no debería ser tan fácil ignorar la voluntad reiterada de cientos de miles de personas de un territorio por querer pronunciarse sobre qué relación quieren tener con el Estado. Ni tampoco sería fácil ignorar la evidencia de los múltiples lazos históricos, políticos, económicos y sociales que vinculan a las muy hibridas sociedades catalana y españolas. Como de igual manera, de considerarnos una misma comunidad, no enviaríamos contra conciudadanos pacíficos semejante carga de violencia como la vivida en estos últimos días. Ni soliviantaríamos principios básicos de convivencia democrática como lo acontecido días antes en el Parlament de Catalunya. Estar y ser una única comunidad significa crear, reforzar y cuidar los lazos comunes, no desatenderlos, tensarlos y romperlos.

Y si la respuesta a la pregunta de si somos la misma comunidad, sencillamente es un silencio o un no, entonces lo inteligente sería poner a funcionar dispositivos racionales para reconducir de la manera más beneficiosa para las comunidades concernidas (catalanes-catalanes, catalanes-españoles, españoles-catalanes y españoles-españoles) la salida del conflicto.

Por lo que a mi respecta, y si mi opinión puede contar en semejante conflicto, sí que considero que somos la misma comunidad. En este mundo del siglo XXI no me queda nada más que pensar en comunidades grandes e inclusivas. Eso sí, admitiendo la existencia de intereses no alineados, las legítimas aspiraciones políticas de cualquier persona y las enriquecedoras diferencias culturales. Rescatando algo del enfoque culturalista de Burke, reconozco que hay mucho de las formas culturales catalanas que sería valioso que el resto de la sociedad española pudiera asimilar: el pacifismo, el pluralismo político, el pragmatismo, la capacidad de autorganizarse, etc…

La sociedad española, como la catalana, han cambiado mucho en estas últimas décadas. Algunas instituciones públicas en cambio no lo han hecho tanto. Sin embargo, aún es posible albergar la suficiente confianza en nuestra sociedad como para esperar una respuesta constructiva y positiva al reto que ahora afrontamos. Porque, como dijo Stefan Sweig, “en la Historia, como en la vida del hombre, el lamentarse no devuelve una ocasión perdida. En miles de años no se repone lo que se pierde en una hora”.

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