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“Folks” de Alessandro Sciarroni, programado en los Veranos de la Villa. ©Matteo-Maffesanti

El método empírico analítico es contundente al respecto: cuando un hecho analizado experimentalmente es corroborado empíricamente puede ser incorporado al corpus teórico y práctico que permite la consolidación del conocimiento. Con este método, las ciencias, incluidas también las ciencias sociales, han conseguido hacer grandes avances.

Algunas Administraciones o Instituciones Públicas experimentan cambios o innovan en las formas, los modelos, los procedimientos. A veces yerran y otras aciertan, pero esta base, en gran medida inspiradas en el método empírico, podemos fundamentar un conocimiento acumulado que nos permita desechar aquello que no funciona y adoptar para seguir experimentando aquello otro que sí que nos funcionara.

Por ejemplo, el área de cultura del Ayuntamiento de Madrid parecería en si un gran laboratorio de políticas públicas. Aparentemente obstinada en concatenar polémica tras polémica y desplegar un catálogo de decisiones de política cultural erráticas, al fin parece que puede ofrecer un buen resultado: los Veranos de la Villa.

El programa de la edición del verano 2017 se extiende en algo más de dos meses (66 días para ser exactos), del 30 de junio al 3 de septiembre y engloba 90 propuestas artísticas en prácticamente 60 espacios de toda la ciudad de una destacable variedad artística. Si en la edición 2016 se superaron los 70.000 asistentes, este año los organizadores esperan superar con creces esa cifra.

Pero, ¿por qué utilizamos este ejemplo para ilustrar el caso de una política cultural exitosa y que podríamos asimilar, de alguna manera, como fruto de la aplicación del método empírico analítico? Sencillamente porque cumple muchos de los requisitos propios de ese método.

Por una parte, es fruto de una experimentación de cambios o novedades adquiridas en la perspectiva comparada. Nada de lo que el equipo del madrileño festival estival implementa es nuevo en sí, sino que se inspira en experiencias ya contrastadas de otras ciudades y de otros programas culturales, declinándolas con acierto a la capital. Por otra parte, el programa busca adaptarse a la teoría y a la práctica más actual en términos de análisis cultural y social. Y parece que con un buen análisis se pueden obtener buenos resultados prácticos. Pero vayamos por parte y veamos con detalle algunos de esos aspectos.

 

La fórmula virtuosa

Que el Ayuntamiento haya dado con una fórmula virtuosa para un festival que en los últimos lustros perdió el pulso festivo y el relieve artístico y que clamaba por su reinvención o su clausura tiene que ver por haber optado por su reinvención. Decíamos antes que el actual equipo está implementando conocimientos ya contrastados en el ámbito profesional sobre cómo diseñar y programar un festival de verano, multidisciplinar y en una ciudad extensa y compleja como lo es Madrid.

Así, una de las características virtuosas es trabajar con toda la ciudad como si de un mapa extenso se tratara. Basta con echar un vistazo a ese mapa para destacar la voluntad de articular propuestas en todos los barrios de la ciudad. Si la actividad de “temporada” de la ciudad tiene tendencia a privilegiar el concepto “centro” sobre el de periferia, la actividad “festivalera” de los Veranos de la Villa, actúan con una lógica diferente: disgregar el centro geográfico para hacer de toda la ciudad un nuevo centro en sí.

Otro de los elementos de innovación que consolida el nuevo diseño de los Veranos de la Villa tiene que ver con la diversidad artística y cultural. De ser un festival de géneros tradicionales e identificables (teatro, música, danza y sus subgéneros) pasamos a una programación de propuestas culturales y artísticas que van más allá de las convencionales, que buscan la conexión con nuevos públicos a través de manifestaciones culturales conceptualmente más inclusivas. Así, a los géneros más tradicionales habría que sumar manifestaciones de nuevos deportes (slackline, parkour, tricking) asociadas a la cultura hip hop, observación astronómica, circo, poesía, creación sonora…

Sin embargo, el elemento de renovación más significativo de los nuevos Veranos de la Villa es algo que, aunque se podría reconocer fácilmente, no solemos hacerlo: una personal dirección artística que apuesta por la creación cultural. En este sentido la mayoría de las propuestas artísticas están imaginadas, conceptualizadas y producidas, o bien para un espacio, o bien para buscar un efecto cultural específico, algún valor añadido o singular. En este sentido, podemos hablar de propuestas como la de aunar música electrónica en las piscinas, la idea de observar la “lluvia de estrellas” al ritmo de música en el Parque Tierno Galván, clases de baile al pie del Palacio Real, música vocal antigua en entornos como el pórtico de entrada del cementerio de la Almudena o en el parque de El Capricho, escuchar música contemporánea tendido en la Nave de Villaverde…

Todas estas características hacen de los Veranos de la Villa un programa cultural no ya solo en consonancia con los festivales europeos urbanos más reputados y reconocidos artísticamente como los que disponen ciudades como Bruselas, París, Berlín, Barcelona, etc… sino que en muchos aspectos los mejora y se presenta como modélico.

 

Un servicio público

Sin embargo, el éxito de este programa se revela como una excepción en el conjunto de la política cultural del Ayuntamiento de Madrid. Un programa que se ha construido con el concurso y el cuidado del trabajo de profesionales (en la propia Administración, la dirección artística, la producción, etc..) y que desde el inicio de esta nueva etapa ha contado con la distancia suficiente de las tensiones políticas municipales como para granjearse cierta autonomía. Lo cual demuestra que la gran renovación en materia de política cultural no tiene por qué venir de mano de las grandes declaraciones políticas o de la renovación simbólica en la que, por otra parte, tanto se ha empeñado el actual gobierno del Ayto. Madrid, sino que puede venir, y viene de manera más eficaz y fiable, de mano de las pequeñas mejoras marginales de los servicios públicos, tal y como si se tratase de la aplicación del método empírico analítico, como decíamos más arriba.

El caso de los Veranos de la Villa en el que nos hemos concentrado, no pretende ser nada más que una ejemplificación positiva útil para identificar prácticas comparables, copiables o mejorables. Con programas culturales así se crece, se genera valor, se innova y se presta un servicio público que los ciudadanos reconocen, valoran y se apropian. Es el camino en el que muchas otras Administraciones e Instituciones Públicas siguen, tanto a nivel nacional como internacional. Quizá sea un camino menos atractivo que el de la ideologización y politización continua. Todavía menos atractivo para el ámbito de la cultura, por otra parte, tan propenso a la discusión y a los matices. Pero, sin embargo, es un camino, el empírico, que mucho contribuiría a la conquista de un nuevo espacio por parte de la cultura en el seno de una sociedad nueva como la que parece que estamos empezando a vislumbrar. Y eso parece necesario.

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