Imagen del Salón de baile del Lee-Plaza Hotel de Detroit. Perteneciente a la colección "The ruins of Detroit" de Marchand / Meffre.
Imagen del Salón de baile del Lee-Plaza Hotel de Detroit. Perteneciente a la colección “The ruins of Detroit” de Marchand / Meffre.

Está en ciernes, organizándose, la II Conferencia de la cultura. Impulsada por la Federación Estatal de Asociaciones de Gestores Culturales (FEAGC), intenta recuperar el nivel alcanzado en aquella ya lejana primera Conferencia de la cultura del 2010 e intentando avanzar lo máximo que se pueda el terreno perdido durante todos estos últimos años. En ambas iniciativas, los gestores culturales organizados en sus estructuras representativas han sido los bueyes que tiraban lentamente de un pesado y desvencijado carro. Los procedimientos y las metodologías seguidos e implementados para desarrollar ambas conferencias son muy diferentes, pero en ambos casos trabajan con una dificultad aparentemente insalvable: proponer un pacto compa(r)tible entre todos los sectores y discursos que componen la cultura con el objetivo de identificar objetivos comunes y trasladarlos a la sociedad/política. Ardua tarea!

El modelo sectorial en el que hemos fundamentado nuestra participación pública en temas de cultura ha ido evolucionando. Desde el inicial modelo centrado en las voces carismáticas de los artistas de los primeros lustros de la restauración democrática, hacia el modelo asociativo profesional que se consolidó al mismo tiempo que el modelo cultural español cristalizaba su diseño: descentralización de las políticas culturales y consolidación de ámbitos(mercados) comerciales paralelos a cada nivel administrativo. Es este modelo el que llegó a su máxima expresión al inicio de la Gran Recesión teniendo como corolario ese Pacto por la Cultura de 2010. En ambos modelos, hay que recordar, siempre ha sido la Institución pública (Política o Administrativa) la que ha legitimado y fortalecido a sus interlocutores. Como decía, al inicio eran los artistas (y demás personalidades relevantes) los que eran llamados a las reuniones consultivas, a las sectoriales de los partidos, a las mesas institucionales de debate, etc. Ellos eran los que firmaban, en definitiva, el pacto con el político. Basta acercarse a algunos de los trabajos de Jorge Luis Marzo  para asistir a algunos ejemplos de esta connivencia.

Más adelante, conforme el nivel de los profesionales de la cultura iba aumentando, éstos iban conquistando las cuotas de interlocución que los artistas ya no querían, no podían o les impedían tener. Acaba la era de los artistas y emerge la era de los gestores culturales. Las asociaciones de gestores culturales emergieron en todos los territorios del país, en particular allí donde la cultura había desarrollado un ámbito político/económico al calor del desarrollo competencial de su Comunidad Autónoma. No es casualidad esta vinculación de los gestores culturales con el poder; ni será un accidente histórico; más bien es una constante. Técnicos y funcionarios de cultura, profesores y analistas universitarios y cuadros directivos de programas y equipamientos culturales, siempre han sido la base social que mantenía vivas y pujantes a estas asociaciones de gestores culturales. El siguiente paso era el reconocimiento de las otras asociaciones de otras Comunidades Autónomas y la constitución de una federación estatal.

Lo mismo ocurrió en otros sectores menos genéricos y más específicos. Un fenómeno de concentración de interesados e intereses llevaba a consolidar una estructura representativa sectorial: Federación de Gremios de Editores, Federaciones y Asociaciones de Productores Audiovisuales (FAPAE), Unión de Actores, Federación Estatal de Asociaciones de Empresas de Teatro y Danza, Federación de Asociación de Guionistas de España (FAGA), Asociación de Directores de Arte Contemporáneo (ADACE), y así, un largo etcétera: ilustradores, bailarines, artistas visuales, escenógrafos, escritores, críticos de cine, críticos de artes visuales…

En aquellos años nos parecía muy adecuado que cada colectivo artístico o cultural se organizase y se constituyera como lobby. Esta estructura de lobbies ha sido funcional en alguna medida para los intereses de sus representados, pues ha ayudado a conseguir avances hasta entonces inimaginables. Pero también y sobre todo ha sido funcional para la Administración Pública y la política que tenían así la oportunidad de pactar medidas con un representante sectorial que le blindase de críticas y disensos.

Este funcionalismo de los lobbies culturales en España responde a unas características idiosincráticas del modelo social y cultural español:

  1. Al carácter corporativo de los sectores profesionales. Una estructura social, cultural y profesional en la que los grupos profesionales consiguen organizarse para defender sus intereses sobre todo ante amenazas identificables y simples: una ley, una administración, un colectivo, una medida. Quizá hundiendo sus raíces en el corporativismo franquista, esta estructura profesional pervive hoy en España con más fuerza que en otros lugares de Europa. No hay nada más que ver la estructura (privilegiada) y la naturaleza de ser (conservadora) de los colegios profesionales considerados como fuente de inspiración para algunas de estas asociaciones sectoriales.
  2. Al modelo mítico ideal de la unidad de acción perteneciente a alguna tradición intelectual de izquierdas. Esta idea que idealiza el concepto de unidad en la igualdad de un colectivo a la hora de conseguir sus intereses permea en muchos ámbitos de la cultura. Constantemente se reanima este ideal y como ejemplo, ténganse en cuenta las “mareas de color” que han surgido en defensa de bienes públicos pero que rescataban ese ideal de unidad sectorial.

Sin embargo, ese modelo, el de las asociaciones profesionales como articuladoras e interlocutoras de los sectores de la cultura, parece estar viendo ciertos agotamientos y cuando menos, graves disfuncionalidades, de los que deberíamos ser conscientes si queremos pensar el futuro de la cultura en nuestro país.

No podemos argumentar que el problema de estos últimos años es que en España no exista una articulación de la sociedad civil como fuente de entrada de demandas al sistema político, social, económico y cultural; los grupos de interés están organizados, porque éstos se constituyeron antes de que irrumpiese la crisis. El problema, para ser rigurosos, radica en que estos lobbies, esta articulación de la sociedad civil, ha dejado de ser funcional, ante todo para el propio sector cultural. El fracaso del IVA cultural y el por qué no se ha conseguido un objetivo tan concreto y tan unánime para toda la cultura tiene que ver con esta disfuncionalidad siendo su más clamoroso fracaso.

No podemos seguir arrogándonos en el criterio de la representatividad porque es una falacia. Cualquiera de esas asociaciones o federaciones no representa a ningún sector e su globalidad, tan solo lo hace en una parte, en muchos casos pequeña, en lo que se refiere a sus asociados. Cualquiera de esas asociaciones aglutina unos intereses, que con frecuencia son contradictorios en el seno de sus representados y, también con frecuencia, son fruto de la imposición de posiciones de fuerza (siempre con su correlación política u económica). Cualquiera de esas asociaciones para encontrar su razón de ser en el tejido cultural, elabora un discurso/relato carente de autocrítica y simplificador. Cualquiera de esas asociaciones se ha alejado lo suficiente de lo artístico como para poder hablar con frescura de arte.

También se podría argumentar que es un tema de relevo generacional o de cambio de personas en el seno de estas estructuras. Permítanme dudarlo y recordarles que las organizaciones adquieren, cuando se consolidan, una personalidad moral propia que sobrepasa a las personas que la conforman. De forma más clara: si una organización está diseñada para acceder e influir en los políticos, suele integrarse y suele ser dirigida por personas que quiere instrumentalizar la organización para eso.

Por tanto, déjenme que les sugiera, incidiendo en el cambio de paradigma cultural del que vengo hablando en este espacio, una idea provocadora sobre las que la reflexión urge: necesitamos otra forma de articular y vehicular los intereses culturales. Debemos imaginar y crear otros lobbies, hacerlos mejor que los de la generación precedente y, sobre todo, constituir otra manera el espacio público en el que estos dialogan con la sociedad y con la esfera política. Hay un espacio amplio abierto a la participación, a la diversidad y a la complejidad. La unidad es una quimera innecesaria para obtener mejoras. Los intereses colectivos pueden ser objetivables (muchos) para ser alcanzables y politizables (unos pocos) cuando necesiten ser discutidos.

El pacto que salga de la II Conferencia de Cultura a la que hacía referencia al inicio de este artículo, por mucho que cuente con la argamasa de los gestores culturales, oficiantes élficos (disculpen la metáfora tolkieniana), erraría si lo fundamenta sobre los viejos principios de la representatividad sectorial. Necesita dar un paso adelante, aunque sea incierto.

Quizá no estamos todavía preparados para redactar ese pacto puesto que ni tan siquiera hemos elaborado un relato crítico y mayoritariamente compartido de lo ocurrido en el mundo de la cultura en estos últimos años. Quizá el esfuerzo deba dirigirse a elaborar ese relato, a poner bases de esa nueva fase de crecimiento cultural a la que nos enfrentaremos en los próximos años. O quizá simplemente debamos abstraernos de lo urgente para concentrarnos en lo importante. Y entonces sí, debatir y pensar colectivamente, sin objetivo específico.

En cualquier caso, una nueva era parece abrirse: la del ciudadano.

En esta nueva época los gestores culturales han de decidir qué es lo que quieren hacer: o retirarse y reconocer que la cultura es esencialmente ciudadana y artística, o continuar preservando el modelo en el que mayores cuotas de poder jamás tocaron a riesgo de ser identificados con él. Alguna responsabilidad como colectivo ha de asumir, supongo.

A lo mejor es que esa categoría de gestor cultural ya no es válida? Pero eso ya lo hemos hablado, aunque no suficiente.

David Márquez Martín de la Leona

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