Sin mucho ruido y pasando desapercibido, el barómetro de diciembre del Centro de Investigaciones Sociológicas publicado hace unos días nos revelaba datos muy asombrosos, esta vez sobre cultura y no sobre intención de voto, como nos tiene acostumbrados últimamente. Sin embargo de estos datos poco se ha filtrado y menos se ha analizado pese al interés que tienen para los que queremos entender mejor el “hecho cultural” del país en el que vivimos.
La prensa se centró en los datos que de los hábitos de lectura se desprendían de las tablas del CIS: leemos poco. Albricias, un nuevo estudio que revela lo que año tras año nos vienen recordando, ya sea desde el Gremio de Libreros, desde el Ministerio de Cultura o desde cualquier otro vocero. Los análisis en este ámbito van goteando con la misma cadencia y la misma letanía: se publican menos libros, se tensan las tiradas (muy pocos libros tiradas muy grandes, muchos libros tiradas muy pequeñas), un mercado interior que pierde fuelle, uno exterior que también, aunque menos; y así en una retahíla de cifras, propia de una industria, la del papel, que vive esquizofrénica entre lo cultural y artístico con lo económico y rentable.
Trasladen el tema a los otros ámbitos de la cultura y no me confiesen el hastío, porque si no, no podríamos continuar, ni yo escribiendo, ni ustedes leyendo.
Desde estas líneas yo vengo reclamando un cambio de enfoque que permita también así un cambio de paradigma cultural, tan necesario tanto para los trabajadores de la cultura, como, por ser beneficiarios últimos, para los ciudadanos mismos.
Miren este gráfico elaborado por el citado estudio del CIS y quizá me entenderán mejor la reclamación.

Se pueden hacer muchas críticas, observaciones o sugerencias de mejora al diseño del formulario del CIS (para empezar sobre si estos ámbitos escogidos son los correctos o se deberían ampliar, agregar o reducir), pero no se le puede negar que la fotografía que arroja es inquietante.
Haré una lectura muy sencilla y muy clara del gráfico: hay ámbitos de cultura que a los ciudadanos interesan mucho o bastante, otros que interesan más bien poco, y otros que interesan más bien nada.
Qué hacer para cambiar esas preferencias de los ciudadanos?
No hay respuesta, sino respuestas. Algunas respuestas que nos pueden hacer evolucionar el modelo cultural (paradigma) con el que queremos funcionar. Permítanme proponerles cuatro controvertidas fracturas que, a mi entender, lastran la posibilidad de proponer ese nuevo modelo cultural, al no avanzar porque no se debaten suficientemente y con profundidad. Cuatro fracturas, que de superarse nos colocarían en un nuevo entorno o plano:
- Fractura ideológica entre liberales (economicistas) e intervencionistas (pro-status quo). O los que ven la cultura como un sector productivo más y que se comporta como tal, o los que defienden la cultura como una herramienta del brazo de la Administración (y por tanto del gasto público).
- Fractura axiológica entre los que consideran que la cultura como portadora de valores estéticos en si y los que les reconocen esencialmente los valores sociales. El artista versus el ciudadano. El significante versus el significado.
- Fractura intelectual entre los que consideran la cultura como preservación, en una actitud esencialista, y aquellos que la conciben como una acción en una actitud permanentemente evolutiva.
- Fractura teleológica entre las divergencias de los fines de la cultura: siempre bienes tangibles o intangibles pero identificables versus siempre experiencias para los miembros de la sociedad. Los primeros se obsesionan con los continentes para la cultura, los segundos con los procesos (que pocas veces concluyen).
El debate comienza tímidamente a enriquecerse y a abordar algunas de estas fracturas. Y no hablamos de salir de los debates con un consenso que asegure la paz de nuestras controversias pues ese consenso nunca existió. Hablamos más bien de un nuevo paradigma que nos permita entender los problemas culturales y ofrecer soluciones. Dentro de ese paradigma, por supuesto, se volverán a crear divergencias, nuevas fracturas, pero eso será el mejor síntoma de que hemos avanzado en la buena dirección.
Mientras tanto, mientras no nos sentemos a abordar estas cuestiones, podemos seguir embelesándonos con las próximas estadísticas que se publiquen y las seguiremos leyendo con los áridos datos económicos. Quizá algo que se nos ha olvidado, signo de los tiempos, es que detrás de la cultura hay respuestas en la sociedad, no sólo (y exclusivamente como plantean algunos) en la economía.
Que la gente no lee… pues intentemos entender por qué, que es algo muy diferente a saber por qué no compra un libro.
Que la gente le gusta la música o el cine en porcentajes muy altos y eso no coincide con la venta de entradas al cine y de música grabada… pues quizá es porque no les estamos ofreciendo los formatos y los accesos más adecuados a esos contenidos.
Que la gente se interesa poco por el teatro o las artes plásticas… habrá que plantearse si es cuestión de la calidad, de los lenguajes, de las barreras, de la formación, de la inclusión… (y no sólo del IVA).
Que la gente no se interesa por la danza… quizá porque no les es muy interesante lo que les proponemos (y les hacemos pagar) como danza.
Necesitamos pasos valientes.
David Márquez Martín de la Leona.
Excelente, David. Especialmente la última parte. Preguntas sencillas, pero que dejan muy claro el cambio de paradigma que propones..
Gracias Olivia. Esas preguntas sencillas, como intuyes, no tienen respuestas fáciles, pero hay que planteárselas si queremos salir del «cul de sac» en el que estamos. No sólo en cultura, obviamente, sino en muchos de los debates que tenemos atenuados como sociedad. De ahí el título, hay que ser valientes y comenzar a dar respuestas hasta dar con algunas que acierten más que otras.