Mini-parlamento
Mini Parlamento

Afirmaba Bruno Latour, en la más pura tradición provocativa intelectual francesa, que “el laboratorio es el único lugar donde se hace política” al realizar allá por los principios de los años 80 unas investigaciones de casos sobre La vie de laboratoire. Incidía Latour en el papel que la ciencia ejerce en la evolución social y política de nuestras sociedades modernas. Y es que aunque originalmente en los estudios del sociólogo y filósofo francés la preocupación radicaba en cómo se validaban y legitimaban las teorías científicas, su afirmación traspasa ese ámbito epistemológico. En definitiva, lo que en los laboratorios (entiéndase como metáfora) científicos se producía, a su salida de éstos, podía provocar grandes debates científicos.

Recientemente he asistido al encuentro Destrucción Creativa en Zaragoza que se definía como de iniciativas de innovación social. En este encuentro se presentaban y se debatían iniciativas e ideas de innovación que actuaban en diferentes ámbitos sociales (económico, urbano, científico, político). Lo relevante es que todas las iniciativas, con mayor o menor trayectoria, efectivamente alcanzan una mayor visibilidad y/o relevancia en estos últimos años. La crisis económica por una parte, y los cambios sociales por otra, han hecho que emerjan prácticas que hasta ahora estaban relegadas al subsuelo del sistema.

El atractivo del programa elaborado por los organizadores era precisamente esa perspectiva transversal de la innovación social. Entender que ésta se produce en ámbitos que no son sólo la política hacía entender que de alguna manera todo el ámbito social donde se produce innovación es político. Afirmación esta última en la que creo que prácticamente todos los asistentes al encuentro se reconocerían cómodos.

Sin embargo, la idea de que toda innovación social es política, que en definitiva recoge la tesis de Bruno Latour expresada al inicio se me antoja como una operación intelectual que busca instrumentalizar ideológicamente una parte de la realidad. Ya sé que puede parecer complejo lo que acabo de decir, pero déjenme que se lo exprese de otra manera y lo entenderán mejor. Todas las iniciativas, las ideas que llevan asociadas y las personas que las impulsan y las sostienen, todo el dispositivo desplegado en este encuentro tenían un fuerte sesgo ideológico de izquierdas. Más bien de un activo margen (creativo) de la izquierda en una búsqueda de coherencia entre acción y pensamiento. Todo muy loable, por supuesto, pero que me provocaba una batería de cuestiones a las que aún no tengo respuesta:

  • No cabe innovación social en márgenes sociales que no sean de izquierdas?
  • Si es que no (cosa que dudo), no sería per se un maravilloso tema de análisis y debate el por qué la derecha no es capaz de innovar socialmente?
  • Si es que sí, por qué no solemos integrarlas en programas como el que vengo analizando?
  • Es posible alguna innovación social que trabaje desde la praxis sin un sesgo ideológico determinante (lo cual no quiere decir que no exista)?

Son todas reflexiones que se producían al mismo tiempo que en Madrid Podemos se constituía, al fin, como partido político dotándose formalmente de órganos de representatividad, control y gobierno. En ese momento en el que el Pablo Iglesias en su primer discurso, ya nombrado Secretario General, afirmaba con rotundidad que Podemos no es un experimento. Traigo la coincidencia a colación porque me ayuda a ilustrar la contradicción. Mientras un partido abandona la “experimentalidad” y se presenta poco a poco como un partido que quiere gobernar, nosotros en nuestro encuentro, constituíamos una muestra experimental pero homogénea de la sociedad.

Es definitiva, nuestra responsabilidad como científicos o como analistas sociales, es la de asumir los retos que la complejidad de la realidad nos plantea. Simplificar, aislar o reducir pueden sernos metodológicamente útiles en algún momento; pero a la hora de abordar una perspectiva más holística, nos inducen a error. En el ámbito social todavía mucho más, pues nuestras sociedades abiertas y democráticas se definen precisamente por su complejidad. Por lo tanto, nuestros “laboratorios” deben producir ciencia y la sociedad, en su caso, debe sancionarla. Ideologizar los laboratorios puede ser tan pernicioso como lo es la instrumentalización ideológica de la cultura. Admitamos pues que todo es política, pero actuemos acordemente a como se debe hacer política en democracias maduras: contrastando y negociando opciones.

David Márquez Martín de la Leona

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