IETM plenary meeting Montpellier 2014. Photography: Maxime Demartin
IETM plenary meeting Montpellier 2014. Photography: Maxime Demartin

En los últimos meses he estado involucrado en algunos programas de internacionalización de las artes escénicas, como el Mov-s y el IPAM. En estos dispositivos habilitados y acogidos por diferentes instituciones públicas he podido constatar y discutir el discurso más o menos consensuado sobre lo que hoy día es la práctica de la internacionalización.

Las instituciones políticas responsables de políticas culturales han hecho de las prácticas denominadas de “internacionalización” uno de sus ejes estratégicos y han comenzado a articular acciones (que no claras y decididas políticas públicas) para estimularla entre los agentes culturales. Éstos últimos, el sector cultural, ha comprado el discurso de lo internacional por atractivo y positivo. En estos últimos tiempos de repliegue de la financiación pública y privada de la cultura, escuchar que hay algunas posibles fuentes de financiación ahí fuera, aunque sea en Marte, es algo que todo el mundo escucha con atención.

Sin embargo la realidad es muy tozuda y no siempre se cambia a base de narrativa. Más bien, es al contrario, es la realidad la que cambia la narrativa. Recientemente he argumentado por qué las instituciones públicas cometen una impostura a la hora de fabricar y divulgar estos relatos. Hay mucho que analizar y alegar todavía al respecto. Pero sobre todo, lo que necesitamos es evaluación y datos. Desde aquí vengo aportando los datos de la propia Secretaría de Estado de Cultura sobre comercio exterior de bienes culturales, que ahora actualizados con los datos de 2012 sigue dibujando la misma tendencia: cada vez vendemos y compramos menos cultura en el extranjero. Y aunque el fenómeno no es exclusivo de España, sino que es un fenómeno más bien vinculado a la grave crisis de las industrias culturales, aquellas que producían contenidos culturales en soportes materiales, sí que es un dato a tener en cuenta a la hora de analizar nuestra capacidad de vender cultura fuera.

Millones de Euros. Elaboración propia. Fuente Anuario de estadísticas culturales 2013 publicado por la Secretaría de Estado de Cultura.
Millones de Euros. Fuente: Anuario de estadísticas culturales 2013 publicado por la Secretaría de Estado de Cultura.

Internacionalización cultural, en definitiva, puede significar muchas cosas. No sólo la ampliación de mercados en el extranjero, sino muchas otras prácticas como la búsqueda de financiación de proyectos (p.e. dentro del programa de cultura de la Comisión Europea: Creative Europe)… Pero todas las prácticas y estímulos institucionales tienen un destinatario último: los agentes culturales. Y por resumirlo de alguna manera más icónica, el mensaje que lanzan las administraciones es un “mueve el culo” que si lo haces bien, lo mismo te ayudamos.

Bien! Después de años de crisis, hemos aprendido a que si un pozo se ha agotado, hemos de ir a otro pozo, algo más lejano, a por el agua que seguimos necesitando. Pero nadie ha pensado en que quizá así en ese nuevo y lejano pozo, nos encontraremos más gente de la que realmente ese pozo puede abastecer. Es decir: el extranjero no será nunca el dorado prometido. Podemos seguir estresando a los artistas y a los gestores culturales que están detrás de ellos azuzándoles a que preparen más dossiers en inglés. Podemos seguir organizando cuantas más plataformas, pasarelas o congresos en los que la palabra internacional resuene por todos lados. Pero aún así, a pesar de todos nuestros esfuerzos, seguiremos errando. Mejor dicho, alguna vez acertaremos y funcionará, pero otras, las muchas, la estrategia fallará.

No basta pues con las iniciativas hasta ahora tomadas que abordan en general y en su conjunto las dinámicas más superficiales del tejido económico y social de la cultura, sino que necesitamos medidas más estructurales y que incidan sobre:

  • La calidad. Esta es la verdadera herramienta de cambio y de internacionalización. Sólo con productos culturales de calidad podemos despertar el interés en otros contextos culturales. Aunque sea difícil definir qué es calidad, todos coincidiríamos en definirla como el resultado de la implementación de la creatividad y el talento con el objetivo de producir un bien cultural con excelencia. Mejorar la calidad, como en cualquier otra actividad económica se hace mediante procesos de inversión de recursos que favorezcan, no sólo la eficacia, sino la eficiencia. Hay que administrar mejor los recursos que tenemos, quizás menos proyectos, pero mejor producidos, con más calidad.
  • La competitividad económica. Mediante la mejor ordenación de los recursos económicos y humanos, y sobre todo, alcanzando economías de escala en la producción de bienes y productos culturales podremos adquirir una ventaja comparativa respecto a otros competidores extranjeros. Eso se consigue esencialmente mediante el crecimiento de las estructuras de producción. Que éstas puedan crecer, dejar de ser pequeñas, es crucial para alcanzar esas economías de escala, también en cultura.

Es tiempo, por tanto, de devolverle la pelota a la Administración y exigir un cambio de la narrativa sobre la internacionalización. Es el momento (bueno, en realidad siempre lo ha sido) de unas decididas políticas públicas que persigan una mejora de la calidad de la producción cultural por una parte, y por otra, una mejora de la competitividad económica. Eso se consigue transformando los sistemas de ayudas públicos a la producción, estimulando la concentración de unidades de producción, invirtiendo más recursos en el fortalecimiento de un mercado interno que permita ser el banco de pruebas de productos más adelante internacionalizables.

De lo que estoy hablando, en definitiva, es de una reestructuración radical de las prioridades de los programas de ayudas y subvenciones públicas con el fin de orientarlos a construir el tejido, que ha de ser internacional y competitivo, del futuro. Eso implica decisiones nada fáciles… pero eso sería tema de otro texto.

David Márquez Martín de la Leona

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