El Palau de les Arts de Valencia, en plena reforma de la cubierta a principios de 2014.
El Palau de les Arts de Valencia, en plena reforma de la cubierta a principios de 2014.

Durante este verano algunos medios de comunicación han cultivado varias polémicas entorno a la ciudad de Barcelona. El verano comenzó debatiendo sobre la decadencia de Barcelona y acabó dirimiendo sobre si esta ciudad debía considerar (o no) haber tocado techo en el número de turistas que acoge cada año/verano. Aunque aparentemente sean temas diferentes, en el fondo son el mismo tema. En la acepción antropológica de cultura, la más extensa, lo que está en crisis, lo que ha mutado de manera vertiginosa es la conformación cultural de esta ciudad, Barcelona, que en palabras de Manuel Delgado se ha convertido en una ciudad mentirosa.

Frente a lo que en definitiva nos enfrentamos es ante el agotamiento de un modelo de desarrollo cultural que en Barcelona vivió su expresión más paradigmática: aprovechar un talento acumulado en la ciudad para levantarlo en los altares de la proyección internacional y exhibirlo hasta el aburrimiento como reclamo turístico. El modelo lleva agotado mucho tiempo, aunque con la crisis económica de los últimos años su crack se haya hecho más evidente (para los ciudadanos, claro, que no para los turistas, ajenos, por ahora a este debate).

Y aunque la discusión en Barcelona se centre en ese componente corruptor que es el turismo de masas, la peligrosa percepción de una posible “decadencia cultural” –sobre la que debatían algunas personalidades de la cultura– no se limita sólo a esta ciudad. La sensación de pasmo en el que muchas otras grandes ciudades españolas se encuentran es digno de análisis de conjunto y ese es el objetivo de este texto. [Me agradaría saber que alguien ya está haciendo este estudio comparado, aunque mucho me temo que no es así] La atonía cultural en la que se encuentran muchas ciudades españolas sigue unos patrones comunes con independencia de la influencia geográfica, política o cultural. Permítanme desarrollar algunas de esas líneas del patrón común que iré ilustrando con algunos ejemplos, aunque estoy convencido que todos los lectores encontrarán sus propias declinaciones, sus ejemplos, para las ciudades que sientan más próximas.

  1. La obsesión por los continentes y el descuido de los contenidos. Hay ejemplos por doquier, mausoleos de la época de las vacas gordas, de los contratistas, de los comisionistas y del crecimiento sin fin e irresponsable. Tenemos auditorios, centros de arte, espacios emblemáticos, museos, etc… pero vacíos de contenidos. Valencia y su Ciudad de las Artes cristaliza mejor que ninguna otra ciudad este caso, pero también y bajando en grados muchos otros casos de infraestructuras que a penas podemos (y queremos) pagar el mantenimiento. En todos los casos los contenidos están por debajo de lo que los continentes podrían generar. Continentes que “actúan como iconos identitarios de un pueblo, de una ciudad, del mismo modo que los tótems actuaban en las sociedades salvajes” como señalaría Gustavo Bueno[1].
  1. La ausencia de modelo cultural o “los valores económicos” como único modelo. Pocos son los ejemplos de ciudades con modelos culturales que busquen resolver las tensiones contemporáneas de la cultura. Y cuando existen no siempre perduran en el tiempo. Gijón, Bilbao, Girona…son sólo algunos ejemplos de que se puede hacer mucho a nivel local, aún reconociendo espacios para la crítica y el disenso (precisamente por eso!). Pero en cambio, los modelos más extendidos son los que tienen una obsesión por las audiencias, los públicos, las cifras, los ingresos… Sería fácil volver a coger Valencia como ejemplo, pero nos podemos quedar en Madrid: sus noches en blanco, sus días de la música, noches de los museos, etc… todo orientado a un efímero consumo de masas, y subrayaría la palabra “consumo”, que me chirría mucho más que la de “masas”.
  1. Las personas cuentan, pero muchas veces, para restar. Los responsables de decidir sobre cultura (políticas públicas o iniciativas privadas) en nuestras ciudades adolecen de falta de ambición, de riesgo, de visión. Decidir sobre la cultura no es solo gestionar, y que me perdonen los gestores culturales a los que les reprocho mimetismo y falta de valentía; decidir en cultura significa arriesgar, proponer modelos nuevos para el futuro, asumir las contradicciones y las tensiones de las sociedades y de las ciudades, para proponer retos en los que se vean reconocidas. Lean esta entrevista reciente al actual responsable de cultura de Barcelona, el señor Jaume Ciurana e identificarán algunos de los reproches de los que hablo. O qué decir de la gestión de Natalio Grueso al frente del Centro Niemeyer de Avilés, o de los Teatros de Madrid?
  1. El taxidermismo cultural. Si algo, a mi juicio, caracteriza la producción cultural de este país es particularmente su conservadurismo estético. Yo lo vengo denominando taxidermismo cultural porque se trata de una acusada tendencia por reproducir cultura ya existente y a conservarla, lo más intacta e inmaculada posible, del mismo modo que un taxidermia haría con su lechuza ejemplar. En las ciudades, los templos de la cultura se dedican esencialmente a la música clásica, al teatro ya escrito, a la danza si ésta es “preciosista”, a la literatura más convencional y, a lo sumo, a un cierto cine. Parecería como si sólo existiese una cultura, la consagrada, la de los mayores de 50 años, que recreada una y otra vez adquiere poco a poco textura fósil. Acérquense a cualquier ciudad castellana y verán como no podrán ver en ningún teatro ninguna obra de Angélica Lidell (premio nacional de literatura dramática 2012), y eso que se trata de teatro de texto, no ninguna marcianada. Los cines, ya sólo de iniciativa privada, donde sólo y cada vez de manera más reducida encontrarán una parrilla de películas comerciales. Las bibliotecas se llenan de estudiantes y jubilados. Y, en este contexto, proponer, por ejemplo, que en un ciclo de poesía se invite a un chaval a declamar hip hop es motivo de expulsión, de burla y ostracismo cultural.
  1. Rentabilidad política y revanchismo. Y es que la sociedad y sus representantes políticos temen la crítica y al que piensa diferente y cuestiona lo existente. Mucho más aún en el ámbito local. Hay una concepción extendida entre los niveles políticos de las ciudades mediante la cual se premia a la cultura que se conoce, la que se considera fiel, y se castiga a la que se desconoce, la infiel. Es la concepción más alejada del servicio público y la más cercana al clientelismo, con la aquiescencia y muchas veces colaboración de la administración local, donde supondríamos que residiría el criterio profesional y de servicio público.

Con el dibujo de este patrón no quiero incurrir en el pesimismo, más bien al contrario, quiero insuflar optimismo a partir de la inspiración de las reformas necesarias para corregir estas cinco distorsiones que he señalado de la cultura a nivel de nuestras ciudades.

Por otra parte también es necesario aclarar, que sería un error deducir de mis palabras que todos los males, los defectos de esas distorsiones son externos y responsabilidad siempre de terceros. También aquí quiero proponer la perspectiva contraria: si lo que narro es así es porque entre todos lo permitimos, por activa o por pasiva. Y considero que forma parte del nuevo juego asumir nuestras responsabilidades en el viejo juego. Es decir, que a los que consideramos que se puede exigir otra cultura para nuestras ciudades, nos toca proponer cómo queremos que ésta sea y convencer al mayor número de conciudadanos.

La verdad es que estas reflexiones vienen motivadas por los debates estivales a los que hacía referencia al inicio. Pero también vienen motivados por el efecto comparativo de una ciudad española con cualquier ciudad europea occidental. Que una ciudad como Montpellier (252.000 hab) sea mil veces más activa culturalmente que Zaragoza (680.000 hab) o Valencia (800.000 hab) con parecida renta, hace remover conciencias. Por eso, ahora que en breve entraremos en año electoral a nivel local, sería conveniente que los ciudadanos incorporemos al debate político, tan cargado como vendrá, este otro tema importante: qué modelo cultural y de ciudad queremos. Sólo así podemos evitar seguir en el pasmo inmovilista y con la sensación de decadencia cultural. Toca mover ficha.

Continuará…

David Márquez Martín de la Leona

[1] El mito de la cultura. Gustavo Bueno. Ed. Prensa Ibérica, 1996.

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