Performance de Melville Mitchell en el marco del proyecto En Residencia, La Laboral - Gijón, 2009. Foto: Warren Orchard
Performance de Melville Mitchell en el marco del proyecto En Residencia, La Laboral – Gijón, 2009.

El peso de la historia es mucho más intenso de lo que pensábamos.

Claudio Magris

Y quizá por eso nos cuesta imaginar, levantar la mirada en la situación actual. Azaña y Ortega siempre entendieron que el problema de España era un problema cultural. Y algo de razón tienen sus argumentos cuando todavía, muchas décadas después, muchos reconoceríamos como propio ese diagnóstico. Podemos pensar que los males actuales son económicos o políticos, pero en el fondo, son males culturales.

Y uno de esos males culturales es la desatención que la cultura, como ámbito de socialización de lo artístico, ha padecido históricamente en nuestro país.

Después del necesario análisis sobre la situación general de la cultura y lo artístico, se impone una pregunta: y ahora qué? Qué podemos hacer? Preguntas que nos repetimos quizá con demasiada frecuencia últimamente. Yo siempre respondo: una mejor política cultural. Pero muchos lectores dirán, con razón, que esta respuesta no despeja la duda, sino que la traslada: cómo se puede hacer una mejor política cultural?

Mi planteamiento aquí no es desplegar un catálogo de políticas culturales -aunque eso sería objeto de un buen trabajo- sino desarrollar algunos elementos de análisis. Quiero sugerir algunas líneas de reflexión y proponer algunas modificaciones de las políticas culturales de nuestro país discriminando por niveles administrativos.

Pero, por si todavía quedasen dudas, tengo que afirmar la mayor: la política cultural es necesaria y pertinente! Aunque desde algunos sectores –muy comunes en el país- se considere que esta intromisión política es innecesaria, habría que recordar, que la no intervención es ya de por si una política cultural. Por tanto mi posicionamiento ideológico es claro: los poderes públicos han de intervenir para garantizar un mejor acceso a la cultura de todos los ciudadanos y una mejora de las condiciones de elaboración y difusión de esa cultura por parte de los creadores.

El sistema cultural español tal y como lo hemos diseñado y habitado en los últimos años genera muchas satisfacciones para ciudadanos y trabajadores de la cultura, pero también provoca crecientes frustraciones; y sí, también en ciudadanos y trabajadores culturales.

Pero es un cúmulo de factores, como erráticas políticas culturales, la crisis económica y reiterados errores profesionales o sectoriales, los que han ahondado en una percepción de desprestigio, desazón e incluso de frustración entre ciudadanos y creadores en su relación con la cultura, generándose así en los últimos años una sensación de derrota a la hora de proponer una acción pública en esta materia. (Les suena de algo esta sensación?)

No es la primera vez en el último siglo que en España se viven retrocesos en materia de fomento y regulación de la cultura por parte de los poderes públicos. Pero sí es la primera vez que nos enfrentamos a una crisis polifacética (por todos los flancos de la Admon.) y multisectorial en plena democracia.  Vayamos poco a poco.

Por todos los flancos.

Quizá un dato relevante que nos ayuda a entender en qué contexto se implementan las políticas culturales en España es ver cómo se reparte el gasto en cultura según nivel administrativo.

Elaboración propia a partir de datos del Anuario de estadísticas culturales del Ministerio de Cultura.
Elaboración propia a partir de datos del Anuario de estadísticas culturales del Ministerio de Cultura.

Y aunque nos faltan los datos consolidados de los últimos dos ejercicios, podemos aventurar algunas interpretaciones rápidas sobre las tendencias:

  • El gasto de la Admon General del Estado permanece relativamente estable (tanto como estable ha permanecido su nivel competencial).
  • Las comunidades autónomas realizan un fuerte repliegue en los últimos años de la serie (y quizá en los años que siguen en la serie aún más fuerte debido a los recortes presupuestarios que han realizado las CC.AA., por otra parte titulares competenciales en materia de cultura).
  • La Admon local es la que asume una parte creciente el pastel de gastos.

Y ahora déjenme proponerles algunas conjeturas a partir de esos datos económicos:

  • Y si supusiéramos que el Ministerio de Cultura tiene fosilizado su presupuesto (el diseño y dotacion del mismo) y por consiguiente sus líneas de acción desde hace años? Explicaría esto por qué el presupuesto apenas varía?
  • Sería descabellado pensar que las actuales competentes en materia de cultura, las Comunidades Autónomas, son las principales administraciones culturcidas? Con sus presupuestos exhaustos se ven abocadas al recorte más drástico y dramático: el cierre de programas culturales propios.
  • Vaya, parece que existe una administración que no se ha olvidado de la cultura, pero de la que, en cambio, parece que todos nos hemos olvidado: la Admon Local.

Y ahora, a renglón seguido de las anteriores interpretaciones, permítanme proponerles una reflexión algo más global.

Es todavía común encontrarse con una deformación política: responsabilizar al Gobierno de todo lo que va mal, que en nuestro caso se manifiesta en una obsesión por pedir melocotones al viejo membrillero de secano que es el Ministerio de Cultura. Y el Ministerio nunca dará melocotones, pero sí que podemos todavía exigirle que se reinvente y proponga soluciones factibles y útiles en el ejercicio competencial que le queda. Y tras esa obsesión nos descuidamos de las otras administraciones y sus responsabilidades, sobre todo la de todos esos Ayuntamientos que con tanto hacer, hacen tan poco. Así pues, no sería más práctico reorientar las estrategias y pedir a cada Admon que se encargue de hacer bien lo que le toca? No nos toca a nosotros, profesionales o/y ciudadanos, exigir en este ámbito también, una racionalización competencial y articular mecanismos de colaboración y coordinación entre administraciones?

Urge que el Ministerio de Cultura salga del letargo en el que se encuentra, que abandone ese rol de conservador de las esencias en el que se erige y que se crea por fin el papel que le corresponde en el diseño administrativo del país: que coordine!. Es incomprensible que en un país tan descentralizado como el nuestro no exista un observatorio de políticas culturales impulsado por el Ministerio revestido de alguna que otra competencia ejecutiva.  Pero es que esta propuesta sería la punta de un iceberg de transformaciones que el Ministerio tendría que soportar: descentralización de sus unidades y entes autónomos, rediseño de las líneas de ayudas,  fomento de prácticas cooperativas entre CCAA,  labelización de estructuras y equipamientos… Sé que todas estas medidas requerirían un capítulo aparte, pero las cito como ejemplo del todavía amplio desarrollo ejecutivo del que se puede hacer cargo el Ministerio.

Por no hablar de un ambicioso desarrollo legislativo:

  1. Una ley de propiedad intelectual mucho más abierta a las prácticas artísticas y a los ciudadanos y no tan plegada a los intereses de algunas obsoletas industrias culturales.
  2. Una ley de mecenazgo que no sólo esté pensada para favorecer a las grandes estructuras con gran visibilidad sino que atienda las necesidades de las pequeñas estructuras.
  3. Una modificación de la normativa para garantizar la transparencia y la responsabilidad en la gestión de los equipamientos públicos mediante procedimientos de contratación pública y de libre concurrencia por méritos profesionales.
  4. Una modificación en las bases de empleo público que selecciona el personal funcionario o  laboral en materia de cultura conforme a méritos y proyectos y no conforme a temarios.
  5. Y más…

Por su parte, las CCAA tienen graves responsabilidades en todo lo acontecido estos últimos años y en la proyección que dejan para el futuro. Todas, y no hay excepción, han desarrollado políticas culturales conforme a unos planes estratégicos que se han demostrado fallidos pues muy poco de lo que han sostenido puede mantenerse actualmente y menos en el futuro. No sólo han construido espacios en los que ahora no pueden ni pagar la electricidad, sino que, en el mejor de los casos, han implementado programas culturales ambiciosos y a veces bienintencionados, la mayoría de ellos hoy día tocados de muerte o agonizando sin recursos.

Cada CCAA merecería un capítulo aparte pues todas han ensayado vías diferentes en materia de políticas culturales, y en esto España es un buen catálogo de políticas culturales fallidas. Sin embargo a todas les urge unos objetivos culturales más realistas y una cura de humildad que pasa por desarrollar estrategias colaborativas con otras administraciones (central y local) para salvar tanto como se considere salvable.

Y por último las Administraciones Locales (Ayuntamientos y Diputaciones), las más necesitadas pero también las más olvidadas. Y sin embargo, como hemos visto, la administración que más contribuye actualmente a sostener el tejido cultural.

Lo llevamos reclamando insistentemente desde hace mucho tiempo desde: la administración local necesita una mejor financiación. Y una vez financiados correctamente, seamos ambiciosos. Ninguna política cultural es más eficaz que aquella que se implementa en proximidad. Por esta razón, mucho del terreno que se puede reconstruir en materia de cultura, se puede hacer desde el nivel local. Y esto no quiere decir que esté, así, vindicando el localismo. Una administración local coordinada, según programas o peso demográfico, con otras administraciones puede sostener y ajardinar un tejido cultural activo, creativo y sostenible. Y reclamo sostenible porque ha de tener un sentido ambiental procurando no repetir los desmanes de las CC.AA.

Las experiencias municipales en materia de cultura son muy variadas. Las hay ejemplares de todos los tamaños y colores políticos. Y las hay también erráticas. Pero precisamente al tener una muestra muy amplia de casos, nos debería ser útil la perspectiva comparada para extraer conclusiones y marcos programáticos. Si los Aytos se copian entre si, no podemos estimular que se copien bien? Y si hay una ley de bases del régimen local, no podrían éstas contemplar algo más de regulación en materia de cultura?

Ya no interesamos tanto como creíamos.

Permitidme una última constatación general: no hay sector cultural que quede indemne tras estos cinco años de Gran Recesión; tanto el de patrimonio, en su dependencia del dinero público, hasta el cine, el libro o las artes escénicas. Normalmente se recurre a las causas económicas y coyunturales (crisis) para explicar muchas de las causas de estos colapsos sectoriales, pero la hipótesis que yo sugiero es que quizá hay otro factor operando conjuntamente con el económico: una crisis artística. Quizá todo lo que hacemos no es tan bueno ni tan interesante como creíamos y se nos repetía como slogan desde las tribunas políticas.

AEC_2012_GRAFICOS_ 01_ a_08.xls
Datos del Anuario de estadísticas culturales del Ministerio de Cultura.

Este gráfico me ayuda a sostener mi hipótesis. Si tenemos problemas para interesar fuera quizá también pueda ser porque perdemos ese encanto artístico que parecía que teníamos.

Y qué quiero decir con esta controvertida idea? Sencillamente que cualquier diseño de políticas culturales también ha de tener en cuenta lo artístico y asumir riesgos. No se trata sólo de conservar el patrimonio y la tradición, sino asumir el carácter vivo y contemporáneo de la producción cultural. Por ello no hay renovación cultural que no pase por la renovación artística. Es el símil de lo nuevo que tiene que imponerse a lo viejo.

En definitiva, y para responder a la pregunta que titula este artículo, pienso que todavía quedan muchos espacios vírgenes donde hacer crecer nuevas políticas culturales útiles para los ciudadanos y los artistas. Sólo se requiere la voluntad política para llevarlas a cabo. A nadie le extrañaría que afirmase que esa voluntad política es la misma que se necesita en la política general. Pues sí, se necesitan reformas profundas del sistema, en cultura también. La evaluación ya la hemos hecho, ahora nos queda la reacción y la acción. Lo que ocurre es que nuestra historia nos pesa, mucho más de lo que imaginábamos… Los años culturalmente grisáceos del franquismo; las efímeras ilusiones de modernidad durante la democracia; la abundancia económica que desaparece como un espejismo devolviéndonos a la cruda realidad del desierto…

Y con este panorama, en el ámbito cultural, donde todavía hoy cada sector reclama aisladamente su parte, donde la cultura entra al estéril campo de batalla ideológico que es la política y los medios de comunicación españoles, donde cada región y cada cultura que integra España reclama su grado de diferencia… permítanme dejarles con un último dato: saben ustedes cuándo conseguimos (el sector de la cultura) organizar una conferencia multisectorial que actuase de observatorio y catalizador de políticas culturales de todo el país? En diciembre 2010!! Se redactó un documento analítico y programático que, aún hoy sorprende su validez. Pero más aún sorprende su olvido. Pues eso, el peso de la Historia.

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