Eu strategy picCuando a principios de los años 70 el entramado institucional europeo aún era un aglomerado de asociaciones y de tratados diversos, en un contexto de crisis económica, un avión concebido con sinergias británicas y francesas se exhibía comercialmente a ambos lados del atlántico. Se trataba del Concorde, ingenio hecho realidad gracias a la concordia de empresas y estados otrora rivales. Con el Concorde, la aventura no hizo nada más que empezar. En 1970 la francesa Aérospatiale y la alemana Deutsche Aerospace crean el consorcio Airbus. En 1971 se incorpora al consorcio la española Casa, y en 1979 la inglesa British Aerospace. A los pocos años de su creación, ya en los años 80 ese Airbus generó las economías de escala adecuadas como para ser competitivo y, a la vez, competencia directa del gigante norteamericano Boeing y para idear proyectos donde la investigación y la ingeniería europea podían exhibirse como líderes globales.

La historia de Europa en la postguerra está estrechamente vinculada a su historia económica. Incluso podemos admitir que el proceso de integración europeo ha seguido el ritmo y los pasos que las necesidades del mundo de la economía iba marcando. Y esto debe ser algo de verdad porque la historia de Airbus es el ejemplo más visible de cómo los resortes del capitalismo nacional sucumbieron ante un proyecto empresarial y económico de escala superior, de nivel europeo. Sectores como el automovilístico, farmacéutico, metal, químico, petroquímico, energético, telecomunicaciones, … han vivido procesos de integración, que rápidamente han sobrepasado incluso la escala europea. El objetivo era claro: adquirir el tamaño adecuado para competir a nivel global. Áreas industriales antes protegidas por las élites nacionales parecían cambiar de élites mutándolas por otras más internacionales.

El proceso ha afectado a las áreas de la economía que generan mayor y más rápidamente valor añadido, pero aún resisten muchos resortes económicos, sociales, culturales fuertemente arraigados a diferentes grados de localismo que impiden una mayor integración de las estructuras económicas europeas.

Con esta introducción económica quisiera llevaros al núcleo de este texto, mucho más situado en el ámbito de la cultura, pero no tan distante como parecería del mundo de la economía. Lo que quiero desarrollar aquí es que en el ámbito de la cultura, particularmente en el de las industrias culturales, existe un techo de cristal para el crecimiento de las empresas: el techo nacional. Este techo ha impedido proyectos de integración de empresas y agentes culturales, con la pérdida consecuente de competitividad y valor a nivel global. Sospecho que este techo problemático no sólo existe en el ámbito cultural sino en muchos otros sectores económicos de esos que antes he calificado más próximos a la protección local o nacional. Por lo que cuando analicemos la tipología en cultura, no cabe perder de vista el contexto más general, donde hay otros sectores con dinámicas parecidas.

Para aportar un ejemplo de lo que digo, cuando hablamos del problema del cine en Europa, rápidamente recurrimos a culpar de nuestros males al avasallamiento del cine de Hollywood: sus grandes estudios, sus grandes distribuidoras, sus grandes aparatos de marketing. Pero, alguna vez nos hemos preguntado por qué nosotros no tenemos en Europa alguna que otra gran productora, o mejor aún, alguna gran distribuidora que distribuyan en toda Europa? Pues no, queridos lectores nosotros no tenemos esa industria, semejable a la norteamericana, pero tenemos X industrias cinematográficas (sustitúyase X por el número de países o culturas europeas). Este modelo que era la estructura sobre la que, se dice, se sienta la diversidad cultural encontró un modelo ideológico y político que lo protegía: la excepción cultural. Modelo que aportó, sin duda, grandes éxitos culturales a Europa en décadas pasadas, garantizando en algo su diversidad cultural. Pero sin embargo, puede que este modelo haya impedido la creación de un modelo industrial cinematográfico que sea capaz de competir globalmente.

He escogido el caso del cine, pero podemos aislar cualquier otro sector cultural para observar como esos techos de cristal, allá donde hayan existido, o sigan existiendo, bloquean el desarrollo de la industria cultural europea en un contexto ya competitivo a nivel global. Un contexto que, en mayor o menor medida afectado por las diferentes oleadas que la crisis económica va dejando en las diferentes regiones del mundo o Europa, no deja de ser desventajoso para Europa. Las ventas de bienes culturales tangibles fuera de la UE han venido cayendo un 4,1% de media anual desde 2004 al 2007; mientras que las importaciones caían sólo un 1% de media anual en el mismo periodo. Este contraste además se ve acentuado si atendemos a datos mucho más pormenorizados como por ejemplo:

  • que en el mercado de “obras de arte” dependemos en un 72% en exportaciones y en 78% en las importaciones de dos mercados: USA y Suiza.
  • que en los últimos años en el caso de los instrumentos musicales hemos pasado a ser importadores netos de instrumentos “low cost” provenientes del sudeste asiático (56% importaciones de China e Indonesia).
  • que en el caso del libro, hemos pasado a importar libros esencialmente de China (40% importaciones) (quizá porque son impresos allí a un bajo coste?).
Elaboración propia a partir del Anuario estadístico UE - Cultura.
Elaboración propia a partir del Anuario estadístico UE – Cultura 2011.

Pero si seguimos, por ejemplo, con otro de los sectores identificativos de la cultura europea, la edición, para analizarlo mucho más pormenorizadamente podemos encontrarnos sorpresas que nos invitan a la reflexión.

Elaboración propia a partir de Estadísticas culturales UE 2011
Elaboración propia a partir de Anuario estadístico UE – Cultura 2011

Por lo que se ve, las empresas editoriales son mayores en dos de las economías más activas culturalmente aunque por dinámicas de mercado diferentes: Reino Unido y Alemania. En ellas, además se producen los niveles de concentración empresarial más equilibrados: con un mayor porcentaje del número de empresas medias (10-50 trabajadores), alrededor del 13%, y grandes (>50 trabajadores), alrededor del 3% que participan de una parte jugosa del reparto de los ingresos. Dicho esto se desatarían las críticas: ese modelo significaría la desaparición de los pequeños. Y mi respuesta sería volver a los datos, a la realidad: más inestable es el sistema español para las pequeñas empresas (<10 trabajadores) donde representan el 90% de las editoriales pero donde sólo participan del 15% de los ingresos totales del sector, frente al Reino Unido donde la proporción es un 84% empresas pequeñas participando del 7% del pastel. Comparen estos datos con las cifras de negocio que he aportado antes. Qué sector editorial gozaría entonces de mejor salud?

No es casualidad que Reino Unido y Alemania hayan liderado el proyecto de fusión editorial más ambicioso de las últimas décadas, el de Penguin con Randon House. Son dos empresas que han alcanzado esas economías de escala de las que vengo hablando y que están posicionándose a escala global.

Sin embargo mi propuesta necesita algunos matices más. Que esté propugnando la concentración empresarial, deseando un mayor número de empresas medianas y grandes a nivel europeo, no quiere decir que degrade y olvide a las pequeñas empresas, a los creadores y a los artistas. Que quede muy claro, la propuesta no es contra ellos sino a favor de ellos. Sólo unos sectores culturales con varios niveles equilibrados, pueden garantizar las dinámicas sostenibles y activas del tejido artístico. Dicho de otro modo: unos sectores culturales sin empresas medianas y grandes que sean capaces de visibilizar el talento a nivel internacional son sectores que cultivan la mediocridad en sus niveles bajos; y dicho de otra manera más: sólo pueden existir grandes empresas canalizadoras del talento si se fundamentan sobre una rica y amplia base creativa.

Quizá la mejor forma de encontrar ese equilibrio en Europa, de nuevo, es el principio de subsidiariedad. Las instituciones europeas ya adoptan políticas culturales para fomentar los proyectos transnacionales intraeuropeos. Pero quizá lo que le reclamaríamos son líneas de fomento de integración de proyectos y empresas. Y lo mismo le reclamaríamos a los Estados: que suelten amarras de sus criaturas culturales. A la U.E. le reclamaríamos también una propuesta que convenza y sustituya el viejo concepto de “excepción cultural” en las negociaciones del actual tratado bilateral USA-UE. Y al Parlamento Europeo una mayor vigilancia sobre la armonización de políticas culturales estatales con el objetivo de preservar las identidades y la diversidad cultural. Europa puede trabajar en las dos líneas: industrias culturales globales y diversidad cultural y creativa.

Mi reclamación también es al sector cultural europeo para que intente avanzar en su concepción de las políticas culturales y de su incardinación en el marco económico. Que pongan en duda la validez actual de las teorías proteccionistas porque a largo plazo, para la cultura en Europa, pueden dejar profundas erosiones.

Entiendo que algunas de las ideas que expongo pueden generar la crítica sobre la comercialización de la cultura, pero negar la dimensión económica de la cultura sería una impostura intelectual del mismo tamaño como negar la dimensión creativa, imprevista y artística de la misma. Lo interesante, considero, es conciliar ambas visiones en un contexto cambiante y mucho más complejo del que era hace veinte o treinta años antes.

No se trata de hacer únicamente cultura para los europeos, eso siempre lo seguiremos haciendo, sino de hacer esa cultura por la que tanto y tan bien somos apreciados en el mundo entero. Pero hoy día no nos vale sólo el argumento de que nuestros productos y propuestas culturales son auténticos, también tenemos que interesar, tenemos que contar/hacer cosas que interesen al mundo. Es lo que llevamos haciendo desde hace siglos y ahora nos requiere un nuevo esfuerzo.

Nos podemos refugiar en hacer cine para las salas alternativas europeas, editando libros selectos de pensamiento y haciendo avanzar la música hacia límites insospechados. Y lo haremos porque es nuestra identidad cultural. Pero también tenemos que aspirar a producir una cultura que sobrepase nuestras fronteras, que interese en África, en Iberoamérica, en Asia, en el mundo árabe… Si no lo hacemos nosotros, vendrán otros y lo harán en nuestro lugar. Ha sido una constante en la historia de la humanidad.

David Márquez Martín de la Leona

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