Daniel Silvo Glasnost 01 (2011). Vidrio, 29 x 15 x 15 cm.
Daniel Silvo, Glasnost 01 (2011)

La transparencia es la última obsesión de la agenda política española. El Gobierno se ha decidido incluso a redactar una publicitada y redentora Ley de Transparencia. Digo publicitada porque como muchas medidas del  Gobierno, antes de su presentación a las Cortes, le precede una larga y fastuosa ceremonia de anunciación mediática. Y digo redentora porque a juzgar por una gran parte de la opinión pública y política, acabará con muchos de nuestros males políticos crónicos.

Sin embargo los objetivos positivos de la citada Ley, reconociendo que muchos en su afán de mejora de la democracia española son necesarios, como señala Pablo Simón en su publicación, pueden volverse incluso en contra de los objetivos perseguidos. Y es que la transparencia no es un objetivo en si, sino un medio para conseguir objetivos.

En cultura ya estamos viendo algunos efectos miméticos y simétricos como lo es la reciente presentación de un programa de evaluación de la transparencia en el sector artístico a cargo del Instituto de Arte Contemporáneo. La transparencia siempre ha sido una vieja reivindicación del sector cultural, también deseoso de que se abran ventanas y entre la luz en los programas y casas culturales del país. Y como viejo anhelo, medidas de este tipo, indicadores que marquen líneas de trabajo, serán bien acogidos por una gran parte de los profesionales del sector.

Son legítimas y muy necesarias estas aspiraciones. Pero vuelvo a insistir en la idea: no es el objetivo, sino el medio para perseguir objetivos. Por eso me muestro cauteloso y prudente.

Mis cautelas son las mismas que se pueden tener hacia la Ley de Transparencia del Gobierno. La transparencia ayuda a legitimar instituciones y proyectos, a aproximarlos al ciudadano, pero pocas veces ayuda a la eficiencia de la gestión. Y si los resultados que obtengamos, en este celo de transparencia, van en detrimento de un ya “mal comprendido” sector cultural? Mi hipótesis es que hay muchas otras variables, más importantes, en las que debemos incidir antes que reducir toda estrategia a mejorar la comunicación y la transparencia. Porque quizá lo que nos está fallando son también otras cosas para llegar al ciudadano, que es en última consecuencia el origen y destinatario de toda política cultural.

Dos hechos para ilustrar estas dudas:

Económico. Recientemente se hacían públicos los datos de la última Encuesta de la realidad social de Andalucía, que realiza el Centro de Estudios Andaluces. Muchos nos sorprendíamos al leer que un 38’5 % de los encuestados cree que, si hay que recortar, preferiría hacerlo en arte y cultura (frente al 20,2% que era partidario en el 2009). La incomprensión del gasto en cultura por parte de los ciudadanos y la percepción de la cultura como un bien superfluo, quizá sea uno de los problemas ambientales contra el que nos tendremos que enfrentar. Se trata una encuesta de ámbito regional, pero la tendencia, con diferentes cifras, las recogeríamos en el resto del país.

Cultural/ambiental. Se quejaba Tamara Rojo hace unos días en una entrevista en The Times de la corrupción en el sector de las artes y la cultura en España por culpa de la instrumentalización por parte de los políticos y por una cultura del “enchufismo” con la que conviven ciertos círculos artísticos. Estas palabras, muy lejanas, me temo, de las preocupaciones del ciudadano, han provocado, paradójicamente, un fuerte shock y sorpresa en los sectores más publicistas de la “marca España”,  pero vienen a añadir una voz más de protesta a las muchas que desde cultura denunciamos las malas prácticas por parte de las instituciones políticas. Y ejemplos tenemos muchos y los más recientes y bochornosos: el caso MUSAC de León y el del Centro d’Arts Santa Mònica de Barcelona. En ambos casos, dicho sea de paso, gestionadas con escrupulosa transparencia: se ha explicado incluso lo profesionalmente incomprensible.

Durante mis años al frente de la Associació de Companyies Professionals de Dansa de Catalunya he vivido conflictos reiterados en torno al grado de comunicación y la transparencia que había que darle a los proyectos. Sobre todo, los conflictos más intensos fueron aquellos que tuvimos en los proyectos que gestionábamos conjuntamente con la Associació de Professionals de la Dansa de Catalunya. Nunca había un equilibrio fácil, porque era imposible, entre la legitimidad a informar a los socios y al ciudadano en general y la también legítima discreción de la gestión de los proyectos. De aquella experiencia vienen estas dudas.

Ese slogan, “In transparency we trust” tiene que verse compensado con otras medidas que considero más importantes y urgentes en la agenda: hay que incidir en la forma como se gestionan y legitiman los proyectos, dirimir el carácter público o privado de los mismos, encontrar los profesionales adecuados y dotarlos de los recursos razonables para un desarrollo sostenible en el tiempo y en el entorno. Entonces sí, unos mayores grados de transparencia son exigibles, pero también, unos umbrales de discreción son necesarios.

Alejémonos de los discursos maniqueos, casi religiosos, en los que la transparencia, per se, resolverá nuestros problemas. Aceptemos la complejidad de esos problemas y enfoquemos bien el análisis. Recientemente Jordi Oliveras reclamaba en una lúcida exposición, un reenfoque. Yo también lo pienso.

De no hacerlo, tanto en cultura, como en política, corremos el riesgo de distraer nuestra propia atención y capacidades para resolver los problemas. Recordad que también al final de la URSS, el discurso político y la acción del Partido Comunista, dirigido por Gorbachev recibió un nombre: Glasnost (apertura o transparencia en ruso). Fue un último canto del cisne de un sistema que era incapaz de reconocer y corregir sus problemas. Y consideraron que el colapso del régimen se podía resolver con una medida de comunicación, de apertura informativa del régimen. Fue un error. Lo que la URSS necesitaba en aquellos momentos eran urgentísimas reformas estructurales, no unos cambios en las formas. Pues eso, aprendamos de los errores.

Tanta transparencia, que ya no distinguiremos ni las sombras ni los volúmenes.

Tanta transparencia, que nos cegará la luz.

Tanta transparencia, que no evitamos las tinieblas.

David Márquez Martín de la Leona

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