Cuando a mediados de febrero de 2013 la UE y EEUU anunciaron su intención de abrir negociaciones de cara a la firma de un nuevo tratado de libre comercio algunos lanzaron las campanas al vuelo. Era una buena noticia y parecía que el mero hecho de anunciarlo auguraba un acuerdo inmediato. Pero estos acuerdos no se firman en dos días, ni en un par de semanas o meses. A veces requieren años.

Y dónde radica pues esta dificultad de llegar a un acuerdo? En que es un tratado con carácter multisectorial. Las negociaciones se llevan sector por sector y a veces producto por producto y muchas veces se interrelacionan las negociaciones: los avances en una parte se vinculan a retrocesos en otra parte. En estas negociaciones, que se prevén que comiencen en junio 2013 y se desea que terminen a finales 2014, se intentará refrendar mediante tratado las que son las relaciones comerciales más prolíficas del mundo. Inversiones cruzadas por valor superior al billón de euros; el comercio de bienes y servicios asciende 440.000 M€… Y abriría un horizonte de efectos positivos de impacto de entre el 0’5 y el 1% del PIB de la UE.

Sin embargo, después de la apología del futuro tratado, que queda para los discursos del Presidente Obama y de Durao Barroso, hay que atender las múltiples dificultades que se encontrarán. Se hablará de agricultura, el caballo de batalla de ambas regiones económicas; de servicios de transportes y financieros; probablemente se hablará de servicios de sanidad (uno de los choques de trenes que se dieron entre ambos bloques durante las fracasadas negociaciones de la OMC en la llamada ronda de Doha); y muchos otros sectores centrales y periféricos de nuestra actividad económica compartida. Las consecuencias de los resultados de estas negociaciones pueden ser importantes pues pueden cambiar y vulnerar los paisajes económicos y sociales de uno y otro lado del Atlántico. Pueden cambiar condiciones laborales, parámetros de seguridad alimentaria, regulación de datos, etc… De ahí que el Parlamento Europeo en una reciente votación haya alertado a la Comisión Europea, que es la que tiene el mandato para la negociación, de que su luz verde a la negociación no significa que no se establezcan cautelas y precauciones, líneas rojas infranqueables. Esta es la resolución aprobada en el Parlamento Europeo [EN] : RESOLUCIÓN EP 22/05/13

Una de esas líneas rojas que el Parlamento Europeo propone es excluir de las negociaciones los servicios culturales y audiovisuales así como los servicios on line. La votación de este párrafo fue mucho más ajustada que la general del texto lo cual deja entrever algunas lecturas políticas para el análisis. Pero por qué esa línea roja? Qué significaría una liberalización de servicios culturales y audiovisuales? Qué temores impulsan esta moción?

Es difícil dibujar un horizonte futuro sin datos y sobe todo sin conocer el grado y el alcance de esa supuesta e hipotética liberalización que tanto asusta. Sin embargo se entienden las alertas del Parlamento Europea atendiendo a la trayectoria de la mayoría de los países europeos en defensa de la diversidad cultural y lingüística en lo que se ha venido llamando la excepción cultural. He ahí la explicación. Los parlamentarios europeos, así como muchos responsables políticos y profesionales entienden que una supuesta liberalización de los servicios culturales y audiovisuales pondría en peligro el rico y diverso tejido cultural europeo. La libre competencia temen, haría de la cultura una mercancía más, un objeto de consumo del mismo nivel que un kilogramo de fresones o que una camiseta de ropa. Así, en un contexto liberalizado es difícil prever las consecuencias exactas que se darán, pero si se podría resumir lo que ocurrirá en una explicación sencilla: se abrirían escenarios con una menor protección sectorial.

No obstante, este posicionamiento de los eurodiputados, tan deseado y jaleado desde muchos agentes culturales europeos así como sindicatos, tiene un fundamento ideológico y un razonamiento a mi entender algo esotérico. El mundo en el que se gestó el concepto diversidad cultural, allá por el año 93 en las rondas de negociación de Uruguay conocidas como GATT, no es el mundo de 2013. Hoy los productos culturales viajan por el mundo mucho más que entonces. Los servicios culturales también. Internet y el acceso a contenidos culturales ha cambiado hábitos y patrones de negocio. Y este mundo actual, no se puede obviar. Tal y como reconoce un foro que no se puede acusar de liberal-anglosajón, el Foro de Avignon, en su reciente manifiesto: la cultura y las industrias creativas significan un 6,1% del PIB mundial (un 4% en la UE). Mientras en Europa el gasto en cultura tiende a reducirse, China aumenta su gasto en más de un 23%, África e India explotan en el soporte digital sus producciones audiovisuales y artísticas y Oriente Medio bate records en inversiones culturales.

Entonces en un mundo donde la realidad ha cambiado y los equilibrios están cambiando… está justificado que cerremos las negociaciones a la cultura y a lo audiovisual?  Por qué se piensa, hoy, que en el caso de una hipotética liberalización, los beneficiarios serían sólo los americanos? Acaso no podríamos nosotros  los europeos acceder al ingente mercado americano con nuestros servicios y productos culturales en los que somos creativos, originales y competitivos?

Tengo la impresión que en estas maniobras proteccionistas siempre hay detrás los sectores más acomplejados, anquilosados o apalancados. En este caso las noqueadas industrias del cine europeas.  Pero propongo que miremos hacia otras disciplinas y veremos lo competitivos que somos los europeos: a algunas artes escénicas (danza y el teatro no tan fijado en el texto), a la edición, a las artes visuales, al diseño, a una parte del sector audiovisual , la música en todos sus géneros,  etc… Nuestra experiencia europea con la diversidad nos estimula la creatividad como en pocas otras regiones del mundo. Hoy ciudades como Berlín, Londres, Amsterdam, Milán, París… son ciudades de referencia a nivel mundial en cultura y creatividad. Entonces por qué temer a salir al mundo?

Nos hemos acostumbrado a la protección de nuestro sector cultural y, reconociendo que, como la PAC para la agricultura europea, estas políticas proteccionistas mueren de éxito, hay que preparar a estos sectores hacia un mundo muy diferente al anterior, al que ya ha pasado. Habría que haber fomentado, también en cultura, como en muchos otros sectores, que empresas o promotores ganaran volumen e hiciesen suyo el mercado europeo. Habría que haber roto esas fronteras culturales internas y alentar un mayor intercambio. Sé que hay lenguas y especificidades lingüísticas de por medio, pero son las mismas que para otras áreas de actividad, y en algunos casos se han vencido. Más movilidad, más permeabilidad, más integración. Pero no es tarde, todavía se puede hacer algo.

La negociación de este tratado no debe ser vista, como lo ha hecho el Parlamento Europeo, como una amenaza para la cultura europea. Más bien al contrario, como una oportunidad. No se trata por tanto de negarse a negociar sobre este sector, sino más bien de negociar y llegar a un buen acuerdo para los europeos. No obsesionarse con una pérdida parcial si ganamos más en global. Y os aseguro, si alguien sabe de cultura en este mundo, porque ha adquirido experiencia, porque tiene sensibilidad y porque es inquieto y arriesgado, ese es el europeo.

La humanidad siempre ha necesitado de algo de un enorme valor económico: de optimismo. Éste es un valor que la cultura transmite impecablemente. Si no lo hacemos nosotros, los europeos, otros lo harán.

David Márquez Martín de la Leona

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