Cuando escribí mi anterior entrada al blog descubrí que muchos de los temas que trataba necesitaban un desarrollo más extenso. La problemática que comportan y la complejidad de criterios así lo requieren. Por eso ahora quiero dedicarme a abordar algo más profundamente lo que vine a llamar obsolescencia artística.

En los últimos tiempos hablar de lo artístico se convirtió en algo extraño, inusual y, a veces, incómodo. Los responsables políticos rehúyen el tema como si se tratase del mismísimo Mefistófeles. Los gestores se refugian en los datos objetivables de lo cultural para evitar involucrarse en las pantanosas aguas de lo artístico. Y los artistas-autores, es conocida su actitud generalizadamente acrítica y ensimismada.

Con este panorama, qué análisis cabe de lo artístico en estos tiempos de crisis?

Mi planteamiento es que en nuestro país lo artístico también está sumido en una profunda crisis a la que todos lo hemos conducido en menor o mayor medida. En mi argumentación me apoyo en una distinción esencial para entender esta realidad: lo artístico, aquello que afecta al talento y la creatividad; y lo cultural, la socialización de lo artístico.

Pero, cómo puedo sostener esa afirmación de que lo artístico está en crisis sin recurrir a la opinión? En qué me baso para afirmarlo con esa rotundidad?

Antes de nada, me gustaría matizar que con mi planteamiento no cuestiono que no haya talento. En este país ha habido, hay y habrá siempre mucho talento y la creatividad para canalizarlo. Yo quiero poner el foco de atención en esas estructuras e instituciones culturales que modulan y modelan el talento y la creatividad para así reflexionar sobre la situación actual de lo artístico. Digo “modular y modelar” porque me parecen conceptos más neutros, cuando muchas veces se debería decir, deformar o pervertir.

También quiero añadir de entrada, y quizá como consecuencia de esa intervención de las estructuras e instituciones culturales, que hoy lo artístico se refugia esencialmente en los márgenes del sistema cultural. Y aunque retome este tema al final, lo avanzo aquí para que en la lectura que sigue no cundan los nervios.

Y para apoyar mi planteamiento de cómo lo cultural está transformando “lo artístico” hasta poder calificarlo de “obsoleto” quisiera utilizar algunos indicadores.

1/ Aislamiento cultural.

Estamos acostumbrados a escuchar de los diferentes responsables políticos culturales y también de algunos representantes de las industrias culturales, que España tiene un gran potencial de exportación de productos y bienes culturales. Sin embargo, las cifras desmienten fríamente semejante afirmación. No solo nuestros productos culturales interesan cada vez menos en el extranjero, sino que el balance exterior de productos culturales está progresivamente más descompensado. No hay sector que se salve de esta tendencia.

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Grafico extraído del Anuario de estadísticas cuturales 2012 del Ministerio de Cultura.

Destaca del gráfico que la disminución de ventas en el exterior es una tendencia que comienza en el 2003, por consiguiente no es aventurado afirmar que este hecho no está asociado a la crisis económica actual. Vendíamos en el extranjero en el 2011 prácticamente la mitad que en el 2002.

Sin embargo, esta situación puede justificarse con el recurrido recurso a la disminución de ayudas a la exportación como denuncian los galeristas, hecho que influye, sin duda. Pero a mi me preocupa que en el fondo lo que también influya sea un problema de competitividad artística de los productos que pretendemos exportar.

La competitividad exterior no está vinculada exclusivamente a la originalidad artística, sino también con un diálogo cultural con otras culturas. Me refiero a que se requiere una participación en un sistema cultural que traspasa las fronteras políticas, porque el arte siempre aspira a la universalidad. Así ocurre, por ejemplo, con la música y el libro con Iberoamérica; o la creación escénica, audiovisual y plástica con Europa. Y en esas tramas culturales cada vez estamos más aislados, más replegados en nuestras propias fronteras, más atrincherados.

Visto esto, creo necesaria una profunda reflexión de las industrias culturales sobre qué tipo de productos culturales y qué artistas-autores apoyan y venden en el extranjero. Y al mismo paso, a esa reflexión que se sumen los gabinetes ministeriales y de consejerías con su visión manipuladora y cartonesca de la difusión cultural en el exterior.

Y por supuesto, una urgente y arriesgada renovación artística.

2/ Distorsión del mercado nacional.

Uno de los elementos más determinantes de lo artístico es la estructuración de los mercados de difusión. Los mercados nacionales son bastante peculiares y responden al diseño administrativo y político del país: Fragmentación, atomización geográfica y creciente tensión producción-difusión.

  • Fragmentación. Nuestro mercado nacional cultural se ha ido convirtiendo paulatinamente en un puzle de mercados autonómicos. La circulación de la producción artística entre CCAA es cada vez menor. Dinámica que ha hecho que los mercados sean cada vez más pequeños, los circuitos de obra más cortos y por consiguiente, los productos más frágiles. Consecuencia: producimos productos artísticos cada vez más enfocados a estos mercados “locales”.  En artes escénicas, paradigma de las artes que menos pueden aprovechar la era digital, el gran formato es patrimonio de las unidades de producción públicas provocando una fuerte disfunción en el mercado. Y Las producciones de teatro y danza son cada vez más pequeñas, baratas y modestas para adaptarse a esta realidad. Se pierde así brillo. Se pierde músculo. En definitiva, se hipotrofia el tejido productivo y por consiguiente artístico.
  • Atomización geográfica. Al contrario de lo que ha ocurrido en otros países europeos que han descentralizado su producción y su difusión artística, en España se ha producido una concentración progresiva entorno a los ejes de las grandes ciudades y muy particularmente entorno a Madrid y Barcelona, dejando aún más desierta la provincia y el ámbito rural.
Representaciones escénicas
Elaboración propia a partir de datos de Anuario de estadísticas culturales 2012 del Ministerio de Cultura.

Cada vez más propuestas artísticas compiten por exhibirse en las grandes ciudades y se olvidan del páramo en el que se ha convertido el resto de la geografía. Esa competitividad feroz tiene sus consecuencias artísticas: precarización laboral, abandono de públicos no urbanos, lucha estéril por la visibilidad, efecto mimético (repetir fórmulas de éxito, especialmente musicales)…

Esta tendencia es común a todas las disciplinas a medida que van desapareciendo centros de difusión artística por doquier la geografía española: teatros, festivales, centros de arte

  • Tensión producción-difusión. Cojamos como ejemplo en este caso el audiovisual para ilustrar algo que también es común a las otras disciplinas.
Elaboración propia a partir de datos Ministerio Cultura.
Elaboración propia a partir de datos Ministerio Cultura.
Elaboración propia a partir de datos del Ministerio Cultura.
Elaboración propia a partir de datos del Ministerio Cultura.

La tendencia es muy clara: cada vez menos empresas se comen una parte importante del pastel (la comercial) y cada vez más empresas se comen una parte decreciente del mismo (la alternativa). Artistas y gestores rinden pleitesía a la madre del éxito: la difusión, el saber vender. Pero se trata de un engaño a raíz de los datos. Difundir obra en España se ha convertido en una ardua tarea, sobre todo si no es comercial y/o mediática.

3/ Déficit estructural de conocimiento artístico.

A raíz del anuncio del cierre de Alta Films, mucho hemos podido leer sobre los problemas de la difusión de cine en España. Se ha dicho y escrito mucho, pero a mi me sirve una reflexión de Pere Gimferrer a propósito de este caso: “Es de toda Europa el país que tiene un público peor formado cinematográficamente. Arrastramos un problema pedagógico muy antiguo. Aquí sólo llega el 10% del cine importante, que no quiere decir que sea solo de autor. También de títulos norteamericanos. […] No tenemos la tradición cinéfila de Francia, Italia o Gran Bretaña y hay un pésimo gusto del espectador” (1).

Pues bien, lo que es válido para el cine es válido para las demás disciplinas. El bagaje cultural de la sociedad y la acomodaticia estructuración de los diferentes mercados de producción y difusión artísticos han provocado el colapso artístico. Es fácil recurrir al diseño curricular de la enseñanza para explicar los males que sufrimos, pero mucho me temo que aún reconociendo su importancia, descargamos en él responsabilidades que nos son más propias que ajenas. Muchos profesionales sin los suficientes conocimientos y criterios culturales y de historia del arte han sido los responsables de la construcción de las narrativas culturales locales: esos ciclos de cine hechos a golpe de distribuidoras, esos concursos de fotografía o pintura manieristas, certámenes literarios que ignoran la literatura actual,  la programación escénica y musical de ciudades y pueblos hecha con el audímetro de televisión encima de la mesa, …

Y es que efectivamente arrastramos un déficit estructural de conocimiento artístico, como también de Historia, si se me permite. Y en ese déficit han proliferado las actitudes del todo vale y de que lo que importa es entretener. Hay pocos profesionales en este país, y aún menos al frente de estructuras culturales relevantes, que participen del rigor y la exigencia que requiere trabajar con lo artístico. Ya lo denuncié, la extracción de esta élite tiene que ver más con criterios políticos que con criterios profesionales.

Y para acabar, una guinda: la paradoja de que las escuelas de artes están más llenas que nunca; lo cual no deja de redundar en esa imagen decadentista de la que es difícil escapar.

Conclusión de futuro

En definitiva parece como si hubiésemos claudicado ante esas reglas del mercado con las que impone los productos comerciales, muchas veces desalmados artísticamente. También parece como si hubiésemos abandonado nuestras responsabilidades artísticas (llegar a todo el mundo) que son también políticas (garantizar el acceso a la cultura de todos los ciudadanos) (2).

No obstante, decía al principio que hay algo que se mueve en los márgenes del sistema. Y así es. Lo artístico no muere ni con crisis sistémicas como ésta pues forma parte de lo que nos define como humanos y por tanto nos acompaña como especie hasta nuestra extinción. Lo que está cambiando es la forma de socializarlo, o dicho de otra manera, la cultura que producimos con ello. Hay que estar atentos a lo que ocurre en esos márgenes porque por esos márgenes vendrán las soluciones a muchos de nuestros problemas.

Si queremos ser relevantes en los sistemas culturales globales hay que apoyar a los artistas-autores que ya están trabajando en esas escalas, con lenguajes renovados y con las temáticas y tensiones de su época, que es la nuestra.

Si queremos recuperar la formación de públicos, audiencias y ciudadanos, tenemos que abrir paso a esos comisarios, gestores e intelectuales que tienen los conocimientos y los criterios para desarrollar bien ese trabajo.

Si queremos corregir las distorsiones del mercado y sus efectos en lo artístico, se necesitan buenos legisladores, herramientas de política cultural, y sobre todo, renunciar a algo del pasado. Creo que esta es una palabra clave: renunciar. Porque hay que desprenderse de estructuras anquilosadas (empezando por algunos diseños de subvenciones) pero también de visiones irresponsables y cortoplacistas. Producir menos, pero producir mejor. Renunciar a estatus artísticos y asumir roles más humildes.

Y ante todo, ahora más que nunca es necesario que los artistas-autores retomen la palabra en un diálogo artístico más abierto, internacional e intercultural, rico y diverso, controvertido y contradictorio.

David Márquez Martín de la Leona

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(1) El País, domingo 21 abril 2013, pag 35.

(2) Art. 44.1 Constitución Española.

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